24/06/2014 Columnista

La Tragedia de Irak

Por Atilio A. Boron. La inesperada irrupción de la revolución iraní en 1979 modificó radicalmente el cuadro sociopolítico de Medio Oriente y la inserción de Estados Unidos en la región. Con la caída del Shá de Irán, que había accedido a la jefatura del estado como resultado del golpe de estado planeado y ejecutado por la CIA en contra de Mossadegh en 1953 (quien había cometido el pecado de afectar los intereses petroleros norteamericanos en ese país) la postura de Washington fue tratar de restablecer el vigor del eje pro-americano conformado por sus clientes regionales: Israel, Arabia Saudita e Irán.

La Revolución Islámica del Ayathola Jomeini hizo saltar por el aire esos planes, y la respuesta de la Casa Blanca fue reemplazar al gobernante en funciones en Irak por un hombre de su más absoluta confianza: Saddam Hussein. A poco de acceder al poder Hussein obró tal cual le indicara Washington y le declaró la guerra al nuevo gobierno islámico de Irán. Con la ayuda logística y el nutrido equipamiento provisto por Estados Unidos (que incluía armas químicas de destrucción masiva) la guerra se prolongó durante ocho años, desangrando a ambos países. Confiado en la gratitud de sus auspiciantes norteamericanos por los servicios prestados, Hussein pensó que una vez terminada la guerra con el islamismo radical iraní tendría las manos libres para apoderarse de Kuwait y su petróleo. Se equivocó: y el resultado fue la Guerra del Golfo que infligió gravísimos daños al país durante los enfrentamientos armados. No sólo eso: terminada la guerra Estados Unidos decretó un bloqueo que incluyó medicamentos y alimentos que, según estimaciones corrientes en el país del Norte, produjeron sólo entre la población infantil medio millón de muertos. La cifra se eleva considerablemente si se incluyen a otras víctimas aparte de los niños. 

Los ataques del 11 de Septiembre abrieron una nueva fase en la ya por entonces muy deterioradas relaciones de Washington con Bagdad. La Casa Blanca necesitaba demostrar que sabía quiénes eran los responsables del 11-S y qué mortíferas armas tenían en su poder. Se produjo entonces uno de los más espectaculares engaños a la opinión pública mundial cuando la Administración Bush denunció dos cosas: primero, la complicidad entre Osaba bin Laden y Saddam Hussein para perpetrar los atentados; segundo, que este último poseía armas de destrucción masiva. Dos mentiras insostenibles porque para los conocedores del Medio Oriente era más que evidente que Hussein y bin Laden se odiaban con todas sus fuerzas. Mientras que el gobernante iraquí era un laico, bin Laden era un fanático jihjadista; y las armas de destrucción masiva -de fabricación norteamericana- fueron retiradas poco después de concluida la guerra con Irán. Pese a estas dos gruesas mentiras, en el 2003 Estados Unidos decidió declarar la guerra a Irak para apaciguar a la opinión pública norteamericana ansiosa por castigar a los culpables del 11-S y, de paso, apoderarse del petróleo iraquí, el verdadero motor de cuantas iniciativas tome Washington en Medio Oriente. El resultado fueron otros ocho años de guerra en donde la aviación y la cohetería estadounidense destruyeron por completo al país. Y al hacerlo rompieron también el muy delicado equilibrio que existía entre las diferentes etnias y  religiones que convivían en Irak: una abrumadora mayoría árabe (cerca del 85 %) convivía difícilmente con la minoría kurda.

Desde el punto de vista religioso los musulmanes eran una mayoría casi absoluta, cerca del 97 %, y el resto eran otras denominaciones marginales. Pero entre aquellos existía un fuerte cisma entre los sunníes, que conformaban cerca del 40 % del universo musulmán, y los chiíes que agrupaban a la mayoría. Este inflamable mosaico étnico y religioso se mantuvo relativamente estable bajo la férrea mano de Hussein y sus predecesores. A partir de la invasión norteamericana la situación se fue deteriorando y con la retirada de las últimas tropas estadounidenses el descontrol se hizo total, con un agravante: al retirarse las fuerzas norteamericanas dejaron el gobierno en manos de los chiíes, la facción más radicalmente opuesta a la Casa Blanca y la mejor aliada del archirival norteamericano en la zona, Irán. Por eso muchos en Estados Unidos hablan de la “derrota” sufrida en Irak porque luego de tantos años de guerra y destrucción, lo que queda es un país devastado donde las propias petroleras norteamericanas tienen enormes dificultades para hacer sus negocios y, para colmo, instalaron en Bagdad a un gobierno amigo de Teherán. Lo que estamos viendo ahora, en medio del terrorismo desenfrenado, es una ofensiva jihjadista para acabar con un gobierno chiíta, amigo de Irán y, por lo tanto, poco confiable para los Estados Unidos.

Si bien hay muchos antecedentes que falta conocer en detalle todo da la impresión de que los rebeldes han sido impulsados por diversas agencias de inteligencia norteamericana en el afán de acabar con un régimen en el que no confían, con la esperanza de, si las cosas marchan bien, instalar en su lugar a uno más amigable para los intereses norteamericanos, estratagema reiteradamente fracasada en Afganistán y Paquistán pero que vuelve a ser ensayada una vez más.  Pero la ruptura del tejido social, religioso y cultural parecería ser irreparable, condenando a Irak a nuevos y tal vez más horribles padecimientos.

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