15/07/2014 Columnista

El BRICS: oportunidades y desafíos

Por Atilio A. Boron. Comenzó en Fortaleza, Brasil, la cumbre del BRICS que, una vez concluida, será seguida por un Foro en el cual los cinco países miembros de ese acuerdo se reunirán, en Brasilia, con los gobernantes de los países de la UNASUR y, posteriormente, con el cuarteto directivo de la CELAC compuesto por los jefes de estado de Costa Rica, Cuba, Ecuador y Antigua-Barbuda.

El BRICS, como se recordará, está integrado por el país anfitrión amén de China, India, Rusia y Sudáfrica. Estos cinco países representan al día de hoy  –en grandes números- un 40 por ciento de la población y el 25 por ciento del PIB mundial. Más importante todavía,  en sus arcas se concentra el 40 por ciento de las reservas en divisas del planeta, mayoritariamente en poder de China.

En otras palabras, el BRICS es una de las manifestaciones de un emergente orden mundial policéntrico, en rápido proceso de constitución.  Un orden que cristaliza tendencias en marcha desde finales del siglo pasado y, entre las cuales, las más significativas son el impetuoso desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial desde el Atlántico Norte hacia el Asia Pacífico, en un tránsito que todos los expertos coinciden en caracterizar como irreversible, y el progresivo debilitamiento del poderío global de los Estados Unidos en el sistema internacional, algo reconocido por sus más encumbrados pensadores y estrategas. Una estimación de un organismo como la OECD -tan poco afecto a los excesos, sobre todo cuando tienen un cierto sesgo “tercermundista”- pronostica  que en poco más de diez años, el peso combinado de China y la India en la economía mundial llegará a un 40 por ciento y, para entonces, el de los países del BRICS (ya con los aportes de las economías de Brasil, Rusia y Sudáfrica) estará rondando a la mitad del PBI mundial.

El reverso de la medalla, según la OECD, será la decreciente gravitación de Estados Unidos, Europa y Japón. De hecho, todos los analistas concuerdan en que para el 2015 la economía china habrá superado, por su tamaño, a la estadounidense. No es exagerado, por lo tanto, afirmar que estamos en presencia de una transición geopolítica y económica  global llamada a tener profundas repercusiones sobre la escena internacional. Los BRICS son una de las expresiones más relevantes de esta nueva situación.

Uno de las decisiones más importantes que será adoptada en Fortaleza será la creación de un Nuevo Banco de Desarrollo -cuya dotación inicial de recursos de 50.000 millones de dólares superará los que dispone el Banco Mundial-  y un acuerdo para construir un Acuerdo de Reservas de Contingencias de 100.000 millones de dólares para actuar como elemento de estabilización ante las (previsibles) crisis financieras que muy probablemente estallarán como consecuencia de las turbulencias que se agitan en la economía mundial. Estas iniciativas del BRICS equivalen a la apertura de una ventana de oportunidades que países como la Argentina y, en general, los de América del Sur deberían aprovechar para financiar grandes proyectos de infraestructura y desarrollo. De hecho, los acuerdos recientemente sellados con Rusia durante la visita del Presidente Vladimir Putin a la Argentina y los que están en proceso de concreción con China hablan con elocuencia de las perspectivas que abre este nuevo escenario del sistema internacional y de la economía mundial.

En términos llanos, esto permitirá ampliar los márgenes  potenciales de negociación tradicionalmente muy estrechos                        cuando de Estados Unidos o los países europeos se trata- en temas tales como inversiones, comercio y regulaciones financieras. Los países del BRICS no han ahorrado críticas a la ortodoxia ideológica que todavía hoy prevalece en los organismos financieros internacionales nacidos de los acuerdos de Bretton Woods, y cuya impronta fuertemente neoliberal se dejó sentir con fuerza en América Latina en los años noventa y hoy en Europa, con consecuencias recesivas en lo económico y desquiciantes en lo social, al erosionar –tal vez de manera irreparable- el virtuoso consenso social establecido a la salida de la Segunda Guerra Mundial. Pero hay que subrayar aquello de “potenciales” porque el aprovechamiento o no de estas oportunidades dependerá en gran medida, al menos en el caso de la Argentina, de la sensatez y realismo de sus propuestas y del profesionalismo y sagacidad de sus negociadores, cuestiones estas en las que nuestro país no siempre estuvo a la altura de las circunstancias. En este punto la calidad de la gestión estatal –la preparación de sus cuadros administrativos, la inteligencia de su conducción política así como lo adecuado de su estructura organizativa y del marco normativo que regla su funcionamiento- amén de la eficacia de los organismos de control jugarán un papel crucial a la hora de sacar partido de esta nueva constelación de factores económicos y políticos internacionales que, sabiamente aprovechados, podrían ser muy beneficiosos para la Argentina.

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