05/08/2014 Opinión

Todo pasa y todo queda

Por Facundo Martínez*. A una semana de su fallecimiento, un análisis de lo que dejó la figura de Julio Humberto Grondona. Su gestión a cargo de la AFA por 35 años y como vicepresidente de la FIFA. El vínculo que entabló con los diferentes gobiernos. La inmensa concentración de poder y la pregunta que más resuena: ¿Quién lo sucederá?

Se sabe desde la época de los griegos que la muerte suele sentarle bien a las personas y que, es precisamente por eso que la oración fúnebre ha sido considerada desde los tiempos de los tiempos como género ficcional, mentiroso y por cierto entretenido siempre que el lector se disponga a separar la paja del trigo, para que del bosquejo vago, atiborrado de nobles atributos del muertito asome lo más parecido a su imagen original.

La muerte de Don Julio Humberto Grondona, el mandamás de la Asociación del Fútbol Argentina durante los últimos 35 años y vicepresidente senior de la mismísima Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), es un buen ejemplo de cómo funciona este género, que muchos escritores argentinos han explotado con celo y maestría. La semana pasada desfilaron por el predio de la AFA todo tipo de figuras del mundo del deporte y la política, jugadores de la Selección, entrenadores y dirigentes de los más diversos clubes del país y hasta la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, quien consiguió gracias al polémico hombre del fútbol nacional poner en marchar el programa Fútbol para Todos por el que todos los argentinos lograron tener acceso a la televisación del fútbol libre y gratuito.

Un repaso de lo dicho sobre Grondona en todos estos días, nos presenta a un dirigente “ejemplar” que defendió los intereses del fútbol nacional en los planos más elevados de la FIFA, que supo acompañar proyectos futbolísticos de diferente cuño y apoyar a muchísimos futbolistas de renombre cuando estos pasaban por momentos difíciles. Hasta ahí, Grondona es presentado como un gran padre del fútbol argentino y, en el peor de los casos, el problema ahora es de qué manera se lo puede reemplazar sin perder los beneficios y esa gran cuota de poder que el ferretero de Sarandí -“sin saber una sola palabra de inglés”- amasó durante sus tres décadas y media de gestión.

Una cosa queda clara en todo esto: Grondona era hábil tanto para los negocios como para los armados políticos de los que él era siempre la autoridad máxima. La estrategia era sencilla. Recaudar de aquí y de allá y luego repartir entre sus pares, siempre que estos respetaran la cadena de poder y acompañaran con sus votos las decisiones tomadas en la cúpula, digamos la cabeza del negocio. Ese mismo sistema Grondona lo aplicó en la FIFA y terminó siendo clave para el apuntalamiento del presidente del organismo rector del fútbol mundial, el suizo Joseph Blatter, de quien el mandamás de la AFA era su vicepresidente y mano derecha. El suizo viajó a la Argentina para despedir “a un gran amigo”, pero Grondona era mucho más que eso, ya que en varias oportunidades fue el encargado de juntarle votos para que pudiera enfrentar con holgura a sus contendientes ocasionales que la Unión de Federaciones de Fútbol Europeas intentó imponer sin éxito.

Personalista como ninguno, Grondona se encargaba de las cuestiones grandes pero también de las pequeñas, como negarle una acreditación a un reconocido periodista “porque siempre me estás matando” y después finalmente entregarla por intermedio de una tercera persona, como haciendo “un favor, una excepción”. Sencillo su sistema, pero efectivo. Así logró evadir las presiones del alfonsinismo cuando en el 1984 intentaron ordenarle la casa, o cuando mucho más adelante, el ex presidente Néstor Kirchner buscó sin éxito moverlo de su sillón de la calle Viamonte. Grondona era un maestro en eso de forjar alianzas, y el pacto posterior que facilitó el proyecto de Fútbol para Todos es una clara muestra de ello.

Es cierto que 35 años es mucho tiempo y que en ese lapso las contradicciones tienen su lugar. Vale recordar que Grondona había sido ungido para ocupar la presidente de la AFA en 1979 por el marino represor Carlos Alberto Lacoste, quien había manejado a su antojo el patético Ente Autárquico Nacional (EAM) del Mundial de 1978 y a quien Grondona premió en 1980 proponiéndolo como vicepresidente de la FIFA, honores que por supuesto perdió con la llegada de la democracia y las posteriores investigaciones por enriquecimiento ilícito.

El escritor Martín Caparrós remarcó que con Grondona moría el último funcionario de la Dictadura, sin embargo, el dirigente había logrado superar esa herencia pesada con artilugios de estadista y sin más formación académica que un paso fugaz por las aulas de la facultad de ingeniería.

Mientras Grondona ejerció la presidencia de la AFA, pasaron por la Argentina 13 presidentes, entre ellos los cinco que desfilaron durante una semana durante la crisis económica y política de diciembre de 2001; vio pasar cinco papas, incluido el argentino Francisco a quien, como lo había hecho oportunamente con Juan Pablo II, visitó el año pasado en el Vaticano junto al plantel de la Selección que obtuvo el subcampeonato en el reciente Mundial de Brasil 2014; y pasaron también nueve entrenadores: César Luis Menotti, Carlos Bilardo, Alfio Basile, Daniel Passarella, José Pekerman, Marcelo Bielsa, Sergio Batista, Diego Maradona y Alejandro Sabella.

Bajo su mandato no todos fueron aciertos y reconocimientos. Es cierto que la Argentina ganó un Mundial, el del México 86, y obtuvo dos subcampeonatos; logró dos veces la Copa América, en el 91 y 93; y dos oros olímpicos, en Atenas 2004 y Beijing 2008; una medalla de plata en Atlanta 96, y seis títulos del mundo con seleccionados juveniles. Como contracara, prácticamente nada se ha hecho durante todos estos años para frenar la violencia en el fútbol y el avance de las barrabravas, salvo tomar medidas paliativas que nunca terminan de dar en el blanco, algo que confirma la extensa lista de muertos a causa de la violencia en el fútbol, que durante su gestión supera los 170 muertos.

Y poco o nada se ha hecho en materia de investigación para analizar y determinar cómo, de qué manera y con qué recursos el máximo dirigente del fútbol local logró forjar su inmensa fortuna. Seguramente durante los próximos años aparezcan datos precisos, números y voces que expresen opiniones y críticas sobre el dirigente. Sólo será cuestión de tiempo.

La muerte de Don Julio precipitó la carrera por la sucesión. Por ahora será el presidente de Argentinos, Luis Segura –revendedor de entradas oficiales durante el Mundial de Brasil- quien asuma el poder en la AFA. En octubre próximo, cuando se realice la asamblea general, los dirigentes deberán determinar si Segura continúa como presidente un año más, hasta la finalización del mandato, o si se lanza una nueva convocatoria a elecciones. Los candidatos son muchos y van desde el hijo de Grondona, Julio, presidente de Arsenal; Miguel Silva, vice de Arsenal y secretario general de la AFA; el senador Aníbal Fernández, presidente de Quilmes; y el empresario televisivo Marcelo Tinelli, vicepresidente de San Lorenzo, entre otros. Todavía falta, pero algo es seguro, quien asuma tendrá que tener cintura y mucho apoyo político porque, así como en los últimos 35 años para sobrevivir en la AFA los dirigentes tenían que ser sí o sí grondonistas, en esta nueva etapa que se inicia el que asuma deberá afrontar todos los costos y aguantar las embestidas de los dirigentes que, sin el Jefe, se puedan sentir acaso despechados y soltar la lengua. Por ahora, lo único seguro es que quien consiga sentarse en el codiciado sillón de la presidencia de la AFA tendrá que caminar seguro, con pie de plomo, porque tendrá puesto los ojos de todos los involucrados en el negocio del fútbol encima.

*Sociólogo y periodista.

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