11/08/2014 Columnista

El nieto de Estela

Por Facundo Martínez*.“A los que dudan, les digo que vengan a Abuelas, que es extremadamente cariñosa la gente que atiende. Lo difícil es la incertidumbre, pero hay que hacerlo, no sólo para recuperar la identidad de cada uno, sino también para construir la identidad colectiva. Las Abuelas, a través del amor, buscan a sus nietos. Es una actitud loable. Hablar de las Abuelas es hablar de un acto de amor frente a la vida”.

Estas fueron las palabras elegidas por Guido Carlotto Montoya, el nieto recuperado de la presidenta de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, durante la conferencia de prensa que brindó el último viernes, atendiendo una necesidad colectiva y también mediática, apenas 48 horas después de conocer su verdadera identidad.

Guido no creció como Guido sino como Ignacio Hurban, y es el nieto recuperado número 114, de los más 400 que buscan las Abuelas. Su restitución se convirtió en un símbolo. Todos posaron los ojos y las expectativas en su reacción, y con palabras medidas, pero sin ocultar su alegría, el mismo explicó que comenzó a dudar de su identidad hace cuatro años, cuando participó como pianista del encuentro Músicos por la Identidad que habían organizado las Abuelas, “para acercarse un poco a los jóvenes” –explican-, y que más recientemente, hace dos meses, cuando cumplió 36 años, se enteró que era adoptado. Las fechas coincidían con las del rango de las búsquedas. Eso precipitó su decisión de presentarse en Abuelas para realizarse los estudios de ADN y comparar los resultados con la base de datos del Banco Nacional de Datos Genéticos. El resultado positivo, que le permitió también conocer quiénes eran sus padres biológicos, Laura Carlotto y Walmir Oscar Montoya, secuestrados y asesinados durante la última dictadura, no sólo lo conmovió a él sino también al resto de la sociedad, que tomó la noticia con renovada esperanza y felicidad plena.

Su caso es uno más en la larga historia de lucha y perseverancia de Abuelas de Plaza de Mayo, pero nadie puede dudar del impacto social que tiene en la gran mayoría de los argentinos, que vivieron el reencuentro con la emoción propia de un gran suceso. Mucho tiene que ver Estela, su incansable trabajo, su tenacidad y su gran vocación de maestra que le permitió recorrer el país y el mundo buscando y contando sobre la labor de Abuelas, festejando cada restitución como si fuera propia.

“Doy la cara para que el inmenso colectivo de gente que está feliz pueda verlo”, explicó Guido, nombre que le puso su madre biológica pero en el que todavía no se encuentra. Luego, sonriente, le pidió a un periodista que ponga “algún Ignacio por ahí, porque hace dos días sé quién soy o quién no era”. Feliz, y algo abrumado por todo lo que le estaba tocando vivir, el nieto de Estela explicó que entendía que su restitución era “una pequeña victoria en esta gran derrota que nos hemos dejado hacer”.

Luego habló de la alegría propia y la de los demás. “Sabía que si tenía una respuesta positiva traía alegría a mucha gente. Veo la alegría en sus ojos y disfruto la felicidad de los demás. Hay sensación de un trabajo cumplido”, apuntó. A su lado, Estela asentía y dejaba escapar una sonrisa inmensa. Es que el reencuentro le permitió a la titular de Abuelas completar su nómina de 14 nietos, tras una búsqueda inagotable que le llevó 37 años. Detrás de ellos, completan el cuadro los trece primos y las dos primas Montoya, y los hermanos de su madre biológica Claudia, Remo y Kibo Carlotto. “Para ellos soy Guido. Y esencialmente estoy feliz y agradecido. Agradecido por la lucha de mi abuela”.

“Estoy un poco convulsionado, hace muy poco que pasó esto. Es maravilloso y mágico y quisiera que esto que me pasa a mí sirva para potenciar la búsqueda. Que todos entendamos la importancia de cerrar estas heridas. Tengo la suerte de ser parte de este pequeño proceso de cicatrización”, apuntó Guido/Ignacio, cuyo parecido con su padre no deja ningún lugar a dudas, sin necesidad de estudios que confirmen la relación. Y está también la música, el arte, la sensibilidad, la fibra por la que ambas historias, la de los Carlotto y la del nuevo nieto restituido, se mantuvieron unidas a pesar del horror, la expropiación y el desconocimiento. “Estoy cerrando una pregunta que me hicieron mucho: '¿Por qué sos músico?' No sabía de dónde venía, me crie en el campo, lejos de esas influencias, pero algo de los ideales de mis viejos debe estar ahí. Si no estuvieran, yo que fui joven en los '90, hubiese ido hacia otro lado. Ser músico es una actividad política”, contó Guido/Ignacio, quien recién ahora supo que su verdadero padre era también músico, baterista.

La de Estela y su nieto se presenta como una historia casi perfecta, en la cual las piezas encajan unas con otras, pero nada de esto fue mera casualidad. Detrás está el trabajo de cientos de personas que colaboran con esta causa, como por ejemplo el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), fundado por el estadounidense Clyde Snow, o la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), que contó con el apoyo del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner –quien ya recibió al nuevo nieto recuperado en la Quinta de Olivos-, y el de los muchísimos argentinos que, venciendo el odio y la resignación, han mancomunado esfuerzos en pos de una empresa que a fuerza de la búsqueda de la verdad viene dando sus frutos generosos.

La confirmación de la noticia funcionó como un disparador del festejo y la emoción colectiva, los medios se hicieron eco enseguida, pero en medio de toda esta euforia ocurrió algo que, por estricto protocolo, no debería haber pasado. Desde el juzgado federal de María Servini de Cubría, quien se encargó personalmente de informarle los resultados de los análisis a Estela de Carlotto, se filtró información y el nombre de Ignacio Hurban, lo que obligó a la titular de la Conadi a comunicarse telefónicamente con el nieto recuperado para que este no se enterara de todo por los medios.

Fue su propia tía, Claudia, quien le comunicó las buenas nuevas. “El resultado es positivo, sos Carlotto, el nieto de Estela y sos mi sobrino”, fueron las palabras que escuchó del otro lado de la línea. Más allá de la inmensa alegría por la recuperación de su nieto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo hizo llegar al juzgado de Servini un escrito que cuestiona el hecho de que se filtrara información del caso a la prensa, algo que no debería haber ocurrido ni debería volver a ocurrir, porque la idea de Abuelas es preservar a las víctimas de la expropiación hasta que estos puedan reencontrarse con su historia y estén listos para afrontarla.

El abrazo que Estela y su nieto recuperado se dieron a pedido de los periodistas y fotógrafos, que se lo pedían a gritos en las instalaciones de Abuelas, fue simple y conmovedor. Una muestra cabal de la fuerza del amor, de lo tanto más que este puede sobre el odio y el rencor.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) felicitó a la presidenta de Abuelas por haber encontrado a su nieto y, en un comunicado difundido por la oficina de la alta comisionada de la Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Ravina Shamdasani, destacó de las Abuelas “el coraje, perseverancia y determinación, que continúa inspirando a los defensores de los derechos humanos en todo el planeta".

A la restitución le seguirá otra historia más compleja. La de la investigación y reconstrucción de los hechos para dar con los asesinos y los expropiadores, los que arrebataron a Guido de los brazos de su madre apenas cinco horas después de haberlo parido; para saber en qué circunstancias y quienes lo entregaron a sus padres adoptivos, los trabajadores rurales Hurban. Las primeras sospecha recaen sobre el empresario agrícola de Olavarría, Francisco “Pancho” Aguilar, recientemente fallecido, pero será la Justicia la que deberá determinarlo analizando las pruebas.

Por ahora, Guido/Ignacio podrá recuperar parte de su verdadera historia y saber cómo fue que secuestraron y mataron a sus progenitores. De su padre, “Puño” Montoya, se sabe que recibió al menos 16 balazos y que estuvo enterrado como NN en el cementerio municipal de Berazategui hasta el 2006. En la versión de los represores, había sido muerto en “un enfrentamiento” el 27 de diciembre de 1977 en esa misma ciudad. Sin embargo, el Equipo Argentino de Antropología Forense remarcó, por las evidencias de “esos huesos que hablan”, que se trató de un fusilamiento. Algo similar ocurrió con Laura, la hija de Estela Carlotto, asesinada de un ithakazo en el cráneo y luego entregada por las autoridades a la familia que había movido cielo y tierra para encontrarla.

De Laura Carlotto se sabe que estuvo secuestrada en el centro de detención clandestino de las afuera de La Plata conocido como “La Cacha”, cuyo nombre tenía que ver con el personaje de Hijitus, de García Ferre, la Bruja Cachavacha, que hacía desaparecer gente, y que justamente ahora está bajo la lupa de la Justicia, que intenta determinar cuáles fueron los crimines cometidos en ese lugar durante la dictadura. Laura y su compañero militaban en la Juventud Peronista Universitaria (JUP) que respondía a Montoneros. Montoya, oriundo de Cañadón Seco, cerca de Caleta Olivia, provincia de Santa Cruz, había llegado a La Plata huyendo de los militares. Su hermano, Jorge Montoya, contó que la última vez que lo vio fue en La Plata, que sabía que lo buscaban, que se fue en bicicleta y que lo último que le dijo fue “no tengas miedo, voy a estar bien”.

(*) Sociólogo y periodista.

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