11/11/2014 Columnista

Derrota de Obama, ¿hasta qué punto?

Por Atilio A. Boron. Las pasadas elecciones de medio término en Estados Unidos fueron sin duda un revés serio para el presidente Barack Obama. Sin embargo, miradas las cosas con cierta mesura el panorama que se dibuja se aleja de los diagnósticos apocalípticos del que hicieron gala la mayoría de los medios de prensa tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Por empezar, la situación dista mucho de ser inédita.

Podríamos arriesgar una hipótesis que dijera que la misma es casi una constante en los segundos términos de las diversas administraciones norteamericanas, sean éstas demócratas o republicanas. En tiempos recientes le ocurrió a Ronald Reagan, a George W. Bush (padre) y a Bill Clinton. Remontándonos más hacia atrás, una derrota aún más marcada la padeció Harry Truman en las elecciones de medio término de 1946. Dos años más tarde, el “pato rengo” demócrata derrotaba al favorito para sucederlo, el candidato republicano Thomas Dewey. ¿Quiere esto decir que nada ha cambiado en la escena política norteamericana? De ninguna manera. Sólo que lo ocurrido dista de haber sido un revés sin precedentes o un terremoto político de impensadas repercusiones.

Es cierto que Obama perdió el Senado. Pero en el peor de los casos los republicanos podrán llegar a controlar 54 escaños, aunque al momento de escribir estas líneas sólo tienen 52. Dos más deberán decidirse en Alaska y Louisiana en un balotaje que tendrá lugar a fines de año, de resultado todavía incierto. Aún así no es un dato menor que cuando Obama accede a la Casa Blanca logró tener una mayoría de 59 senadores, algo que ya no pudieron obtener los republicanos en esta elección. No obstante, al control del Senado los republicanos le agregan una cómoda mayoría en la Cámara de Representantes, pero aún así no llegan a tener los dos tercios necesarios para neutralizar el veto presidencial. Y esto es crucial porque los líderes y publicistas republicanos anunciaron a voz de cuello que en los próximos dos años se encargarían de aprobar leyes que desmontaran la legislación “radical” que, a su juicio, había sido aprobada por los demócratas por mandato de la Casa Blanca. El único inconveniente de esta pretensión es que para que un proyecto se transforme en ley se requiere su promulgación por la Casa Blanca. Y ya Obama ha declarado que no va a firmar ninguna ley que le envíe  el Congreso que se proponga retroceder en temas tales como la reforma del sistema de salud sancionada en el pasado. De obrar de esta manera el proyecto volvería al Capitolio y allí las dos cámaras deberían ratificar su proyecto con una mayoría de los dos tercios, cosa que es imposible porque no cuentan con ese número.

En otras palabras, nos acercamos a un empate político, a un prolongado estancamiento legislativo en donde ni Obama  podrá sacar adelante sus proyectos más importantes ni los republicanos lograrán dar marcha atrás a lo ya aprobado o imponer su agenda. Lo que viene, por lo tanto, es un período de arduas -y, en gran medida, infructuosas- negociaciones, en donde en el mejor de los casos se podrán aprobar algunas leyes muy deslavadas, expresión de un muy difícil compromiso entre ambos partidos,  y por eso mismo de escasa utilidad para enfrentar algunos de los más importantes temas de la agenda pública de Estados Unidos: ingresos y seguridad social, migraciones, cambio climático, sistema financiero, reforma tributaria, protección medioambiental entre los más sentidos por la población. Lo interesante del caso es que el electorado –del cual sólo un 36 % de los registrados, no de quienes podrían ejercer el voto sino de los registrados, se molestó en concurrir a las urnas- se encuentra atrapado en una desconcertante contradicción. Por una parte demuestra su baja aprobación de la gestión presidencial pero, al mismo tiempo, su evaluación del papel del Congreso es aun menor que la del ocupante de la Casa Blanca. En el primer caso el promedio de las diversas mediciones es del 41 %, pero la del Congreso fluctúa en torno al 12 %. En otras palabras, ni uno ni los otros (representantes y senadores) gozan de los favores de la opinión pública, por lo que puede inferirse que nada está garantizado para los republicanos y que en los dos próximos años el clima electoral podría ser muy diferente. Hay otro elemento que agrega a la confusión general: dos terceras partes de la población (no necesariamente registrada para votar) declara estar en desacuerdo con el rumbo de la gestión presidencial. No obstante, si algo surgió con toda evidencia es que los republicanos no dejaron entrever ninguna propuesta acerca del rumbo a seguir. Es decir, fue un voto de castigo, expresión del malhumor social pero nada más. Y como observan algunos analistas, el próximo año los republicanos tendrán que explicitar las características del “rumbo correcto” que propondrían al electorado en el 2016.

¿Podrán seducir al electorado con propuestas de reducciones de impuestos a los ricos y las grandes empresas, relajamiento de controles medioambientales, profundización de la desregulación financiera y empoderamiento de los gerentes en detrimento de los trabajadores en el ámbito de las empresas? Parece difícil ganar con un programa como ese, sobre todo si a diferencia de los demócratas aún no aparece un liderazgo atractivo capaz de enfrentar exitosamente a quien casi con seguridad será la abanderada de los demócratas: Hillary Clinton. Será cuestión de esperar, pero no mucho porque a mediados del año próximo comenzarán a ponerse en marcha las primarias que oficialmente darán comienzo en febrero del 2016 -en Iowa, , Nueva Hampshire, Nevada y Carolina del Sur- y entonces se verá si los ganadores del martes pasado cuentan con el líder y el programa necesarios para acceder a la Casa Blanca.​

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