25/11/2014 Internacional

Los demonios de la guerra

Por Atilio A. Boron. La presente escalada de violencia que conmueve a Jerusalén es una nueva prueba de la inmoralidad e ilegalidad de la política seguida por el gobierno israelí en relación a la cuestión de Palestina. Su empecinamiento en desconocer los derechos del pueblo palestino conculcados por una ocupación unánimemente repudiada por la conciencia universal y en persistir en su política de estigmatización del incipiente estado palestino no hacen sino alimentar la hoguera del odio, la violencia y la muerte.

Este círculo vicioso, potenciado por un gobierno de clara identidad neofascista, está socavando tal vez irreparablemente los ya de por sí débiles fundamentos éticos y morales del Estado de Israel y abriendo las puertas a los que muchos anticipan como una tercera intifada.

Pocas semanas atrás, Suecia reconoció al estado palestino y apenas hace unos días el parlamento británico se expidió en el mismo sentido, por 274 votos contra 12. No obstante, el premier David Cameron ha hecho saber que esa decisión no modificará en un ápice la política hacia Palestina. Lo mismo ha sucedido con las decisiones adoptadas por los parlamentarios en España y en Irlanda. Curioso: los países europeos que se desviven por dar “lecciones de democracia” y que urgen a algunos gobiernos latinoamericanos a reconocer la dignidad y la gravitación del Parlamento ignoran sus votaciones olímpicamente cuando estas contrarían sus intereses o sus acuerdos con el amo imperial. Cosas de la democracia, que le dicen.

Pese a que 138 países ya reconocieron a Palestina como estado en el marco de la ONU -si bien por ahora en condición de “observador”- existe un núcleo duro, recalcitrante, que se empeña en seguir arrojando nafta a las llamas que está incendiando la región: Estados Unidos y sus compinches (la palabra “aliados” los dignificaría inmerecidamente) como Canadá, Australia, Japón, Alemania, Holanda y Dinamarca persisten en empujar a los palestinos fuera de la legalidad internacional y, de ese modo, convertirlos en unos descastados con los cuales no es necesario tener ningún tipo de consideraciones y, mucho menos, apegarse a la ley. Lo grave es no sólo esta conducta racista y belicista sino que, para colmo, se fustiga a los palestinos criticándoselos por aplicar, en ciertos casos, metodologías de lucha incongruentes con las normas del derecho internacional. Es decir, primero se los ilegaliza, no se los reconoce como estado y luego se los critica por no ajustarse a las normas que rigen las relaciones internacionales. Agréguese a lo anterior los reiterados vetos de sucesivos gobiernos estadounidenses, el último aplicado por Barack Obama en el 2011, oponiéndose a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que exigía poner fin a la ilegal ocupación de los territorios palestinos por parte de Israel.

Hace tiempo que la Alta Representante de Política Exterior de la Unión Europea, Federica Morgherini, viene auscultando entre los estados miembros la posibilidad de adoptar una postura común reconociendo a Palestina como estado. No obstante, un reconocimiento unánime de la UE parece muy poco probable dada su inocultable dependencia de Washington que ha llevado a la satelización de la UE y la consecuente pérdida de su autonomía para impulsar una política exterior que desagrade a la Casa Blanca. Por otra parte la inflexible postura pro-israelí de Alemania es otro elemento que obstaculiza la definitiva incorporación de Palestina al escenario de la política internacional.

Una secuela de esta infortunada situación es el dramático deterioro de la situación imperante en Jerusalén, donde un gobierno cada vez más fascistizado impulsa decisiones que son una verdadera provocación como la temporaria y arbitraria restricción que impide a los musulmanes efectuar sus rezos en uno de los lugares sagrados del Islam, la Explanada de la Mezquita situada en Jerusalén oriental. Esto originó graves disturbios y la televisión internacional pudo mostrar la ferocidad represiva a las fuerzas de seguridad israelíes con el propósito de hacer respetar una norma absurda propiciada por los sectores ultraortodoxos del judaísmo israelí. Esta verdadera provocación es el último eslabón de una antigua y extensa cadena que encuentra en la ininterrumpida colonización de los territorios ocupados y en la constante construcción de barrios judíos en las vecindades árabes de Jerusalén oriental algunas de sus más irritantes expresiones.

Por eso la espiral de atentados y asesinatos que desde hace unas tres semanas tienen en vilo a los habitantes, judíos y árabes por igual, en Jerusalén y ante los cuales las respuestas del gobierno de Netanyhau no podrían haber sido peores. Difícilmente se logre estabilizar la situación demoliendo casas de los familiares de supuestos terroristas o ejecutando in situ a sospechosos, o culpables, de diversos atentados en lugar de hacer caer sobre ellos todo el rigor de la ley en el marco del debido proceso. Suenan como muy sabias las palabras de un intelectual y periodista israelí, Gideon Levy, cuando hace poco escribiera “Imagínense que ustedes son los palestinos. Tal vez residentes de Jerusalén Este. Cuarenta y siete difíciles años a sus espaldas; una enorme y deprimente oscuridad por delante. La tiranía israelí que sella su destino declara de forma arrogante que todo continuará como está para siempre. Su ciudad seguirá ocupada eternamente. El ministro de defensa, segundo en importancia en el gobierno que los oprime, dice que nunca habrá un Estado palestino”. Es obvio que con estas políticas el gobierno israelí está convocando a todos los demonios de la guerra, con la complicidad de las potencias occidentales y sobre todo de Estados Unidos.

 

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