02/12/2014 Columnista

La “identidad villera” y el mito del Buen Salvaje

Por Tomás Várnagy. El mito del Buen Salvaje es un lugar común en el pensamiento europeo moderno a partir del descubrimiento de América y la nueva relación entre naciones “civilizadas” y pueblos “primitivos”. Se consideraba que los aborígenes poseían una bondad ingenua y eran virtuosos y confiados en contraste con los conquistadores, sanguinarios y codiciosos.

La idea, desde Michel de Montaigne (1533-1592) hasta Margaret Mead (1901-1978), pasando por Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), concibió la bondad natural de los seres humanos corrompidos por la cultura y la civilización, y tuvo su contrapartida en pensadores como Thomas Hobbes (1588-1679) o el ejemplo contemporáneo de la película (basada en el libro de William Holding) El Señor de las Moscas (Peter Brook, 1963).

Esta idealización, racista y discriminatoria, se trasladó a los pobres: son optimistas, solidarios, generosos y humildes. La tradición cristiana ve a los pobres como a los bienaventurados, mientras que para los ricos “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios” (Marcos 10:25), aunque también existe una visión contraria a los pobres, desde las ideas protestantes de Juan Calvino (1509-1564), pasando por el pensamiento político de John Locke (1632-1704), hasta la  muy gráfica película Feos, sucios y malos (Ettore Scola, 1976), sin contar las opiniones de muchos argentinos sobre los habitantes de las “villas”.

La Cámara de Diputados del Congreso argentino sancionó un proyecto impulsado por el líder de La Cámpora, Andrés Larroque, para instaurar en homenaje al nacimiento del padre Carlos Mugica, el día 7 de octubre como “Día Nacional de la Identidad Villera” y así difundir “valores villeros” como la solidaridad, el optimismo y la esperanza, entre otros. Pero no hay que ser “villero” para compartir estos valores y, además, quienes promovieron esta propuesta no son ni pobres ni quieren serlo.

Hablar de “identidad” o “valores” villeros es similar a afirmar “identidad o valores homosexuales”, o de los “vecinos de la Recoleta”, o de los “descendientes de africanos”. Somos todos seres humanos y diferenciar a un grupo por sus supuestos valores o desvalores es discriminar, considerarlos diferentes. Decir que los negros de origen africano son buenos deportistas o que los gitanos son buenos músicos es un acto tan discriminatorio como afirmar que los judíos son eximios comerciantes o que los porteños son soberbios. De los prejuicios positivos hay solamente un paso a los negativos y no se debe dar una connotación valorativa a condiciones de vida indigna y excluyente.

Este proyecto ignora las verdaderas necesidades del villero. Habría que reivindicar el trabajo y la vivienda, no unos supuestos valores que van acompañados del prejuicio del “buen salvaje” o el que todo pobre, por el mero hecho de serlo, es bueno. El villero es víctima de un sistema injusto y no tiene por qué sentirse orgulloso de serlo ni exaltar presuntos méritos que son universales; él no requiere razones para la jactancia, sino que necesita emerger de su condición miserable. Reverenciar, alabar y exaltar a la pobreza es un homenaje a una condición que no debería existir en la Argentina del siglo XXI.

Las “villas” originalmente se llamaron “Villas de Emergencia”, o sea, la gente vivía en ellas por un tiempo, por una circunstancia excepcional hasta que pudiera mejorar su situación. En las “villas” hay pobreza extrema, indigencia, marginación, hacinamiento, miseria, desocupación, drogas, delitos y violencia, y la gente que forzosamente vive en ellas preferiría hacerlo en casas confortables, con agua potable, cloacas y condiciones de  vida decentes.

Una década de políticas neoliberales produjo un gigantesco incremento de la desocupación y la pobreza cuyo desenlace fue el “Argentinazo” de diciembre de 2001 y la crisis en los años subsiguientes. Luego de doce años de políticas kirchneristas, que por cierto beneficiaron en su inicio a grandes sectores postergados de la población, y con un gigantesco crecimiento gracias a una serie de factores locales e internacionales, surge la pregunta: ¿no se pudo eliminar a la pobreza estructural o, al menos, dar mínimas posibilidades de salida de las “villas”?.

Existen hoy estadísticas que afirman que una quinta parte de los argentinos son pobres, para otras es un cuarto, y hay quienes sostienen que es un tercio de la población. La primera pregunta es ¿por qué se falsean los datos en el INDEC, tanto en la inflación como en la cantidad de pobres? La segunda, ¿por qué se ha naturalizado la miseria? Porque reivindicar “valores villeros” es justamente eso, la expresión de un  conservadurismo reaccionario, una resignación ante los males de este mundo. No hay que establecer valores universales para personas que viven en un lugar ni reivindicar una presunta identidad villera, hay que erradicar las villas de emergencia y las raíces profundas de la miseria y la pobreza estructural.

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