16/12/2014 Columnista

Sudamérica necesita del Mercosur

Por Atilio A. Boron. Poco después del fallecimiento de Hugo Chávez Frías, el presidente Rafael Correa comentó apesadumbrado que con su muerte se resentiría el proceso de integración latinoamericana y, muy especialmente, en América del Sur. El tiempo la dio la razón porque si algo caracterizó los casi dos años transcurridos desde el deceso del líder bolivariano fue la ralentización, y por momentos la parálisis, tanto del Mercosur como de la UNASUR. La cumbre del Mercosur que comenzará este próximo miércoles 17 de diciembre en la ciudad de Paraná tratará de re-encender los motores del proceso integracionista.

La tarea no será sencilla, pero es impostergable. La crisis internacional, no sólo económica sino también política y militar –recordar la advertencia del Papa Francisco en el sentido de que la Tercera Guerra Mundial ya ha comenzado y que se está desarrollando “por partes”- lo cual le otorga un carácter vital al fortalecimiento de los vínculos en América del Sur, sin duda la región más pacífica del planeta. Una rápida ojeada a la situación en Europa –y no sólo por la crisis de Ucrania- que parece estar deslizándose hacia una confrontación entre la OTAN y Rusia;  Asia, con varios focos de inagotable inestabilidad en Asia Central y ahora, en el extremo Oriente por la situación imperante en el Mar de la China; África, desgarrada al norte y al sur del Sahara por interminables conflictos internos de inusitada violencia; y Medio Oriente, convertido en un polvorín que puede estallar en cualquier momento es más que suficiente para persuadirnos de la excepcionalidad sudamericana. Pero para que esta fructifique se requiere no cejar en los esfuerzos tendientes a blindar la región para prevenir la posibilidad de un contagio proveniente de aquellas regiones, transmitido por la presencia de Estados Unidos en esta parte del mundo. Y, simultáneamente, se necesita también acordar una estrategia común para minimizar el impacto de la prolongada crisis general del capitalismo, estallada a mediados del 2008 y que aún no da señales de amainar, y de la guerra económica lanzada por Estados Unidos y sus aliados en el Golfo Pérsico, principalmente Arabia Saudita, con la baja artificial de los precios del petróleo con el objeto de debilitar, a favor de los intereses de Washington, la situación económica de Rusia, Irán y Venezuela.

El impacto de la crisis económica se siente cada vez con más fuerza en la región. Luego de más de una década en la cual los apóstoles de la ortodoxia económica y el neoliberalismo vieron menguar su influencia en los procesos decisionales de los gobiernos de la región todo parece indicar que existen nada despreciables probabilidades de que se re-edite lo que en su momento (la década de los años ochentas del siglo pasado) Raúl Prebisch caracterizara como “el retorno de la ortodoxia”. En esta misma línea hay que ubicar los reiterados apercibimientos del presidente ecuatoriano acerca de los peligros de una “restauración conservadora” en América Latina. Si en algún país esto se nota con una claridad enceguecedora ha sido en Brasil, en donde poco después del triunfo en las elecciones presidenciales Dilma Rousseff tuvo que  ceder terreno ante las virulentas presiones de los mercados y entregar el manejo macroeconómico de su segundo turno de gobierno a las principales cabezas del equipo económico de su derrocado contrincante, Aécio Neves. Ahora bien: es evidente que si este talante predomina en países como Brasil y algunos otros el futuro del Mercosur se verá seriamente comprometido. El éxito de la integración europea fue producto de políticas deliberadas de los estados, no obra de los mercados. Precisamente cuando éstos asumieron el liderazgo en el policy-making gracias a la desproporcionada influencia del Banco Central Europeo fue cuando el proyecto europeísta tropezó con sus límites y entró en crisis.

Sería bueno que los gobernantes de los países del Mercosur tomen nota de la lección de Europa. La continuidad del Mercosur fue uno de los puntos del debate en la campaña presidencial de Brasil y Uruguay, y el recién designado Ministro de Industria y Desarrollo de Brasil,  Armando Monteiro, en su primer contacto con la prensa afirmó que Brasil promovería un acuerdo con la Alianza del Pacífico, “con o sin el Mercosur.” Muchos cantos de sirena que se escuchan en esta parte del mundo son sólo engañifas que procuran frustrar la necesaria integración de nuestros países. Una de las más socorridas es precisamente la Alianza del Pacífico, propuesta que irrita de sobremanera al principal socio comercial de la región, China, y que es impulsada indisimuladamente por Estados Unidos y sus principales aliados en la región, dos de los cuales, México y Colombia. Habrá que esperar, por lo tanto, para ver que decisiones se toman en Paraná. Pero de lo que no cabe la menor duda es que seguirá habiendo un tiempo difícil para el Mercosur, aunque el ya decidido ingreso de Bolivia, una potencia gasífera de primer orden, será un saludable refuerzo para un proceso que necesita de renovados estímulos para recuperar su dinamismo.

 

 

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