03/03/2015 Columnista

Defensa y ofensiva

Por Facundo Martínez*. Hay varios puntos para rescatar del extenso discurso de la presidente Cristina Fernández de Kirchner y la que fue su octava y última apertura de la sesiones del Congreso, luego de dos mandatos consecutivos. El primero y, quizás el más notorio, es que la Presidenta se encuentra bastante lejos de lo que los políticos llaman “una transición ordenada”, que consiste en dejar el poder político unos meses antes de la finalización del mandato para permitirle al funcionario entrante acomodarse mejor en el sillón de mando.

“No será un país cómodo para los dirigentes, dejo un país cómodo para la gente. Va a ser incómodo, sobre todo, si piensan sacarle los derechos adquiridos a la gente”, apuntó.

Y ni qué hablar del amplio respaldo policlasista y de variado rango etario, entre el que se destacó la militancia joven, que el domingo colmó la Plaza del Congreso para brindarle su apoyo y agradecimiento. No es fácil encontrar en la historia otro presidente de la Nación que haya dado un discurso de cierre de ciclo con tanto apoyo de los sectores medios y populares. No lo tuvo Raúl Alfonsín, mucho menos Carlos Menem, y recordemos a Fernando De la Rúa yéndose en helicóptero de la Casa de Gobierno.

Si se trató de una manifestación de militantes, ciudadana o lo que fuera, si fueron 400 mil como acusan los organizadores o 150 mil como estiman los opositores tiene hoy poca relevancia; si fueron más o menos que los que hace pocos días acompañaron a los fiscales en su pedido de Justicia es una comparación en balde. Lo importante, en todo caso, se puede rescatar del propio discurso de la Presidente y del anuncio de nuevas iniciativas parlamentarias, que sin dudas sitúan al poder donde todavía está: en manos de la Jefa de Estado.

La presidenta habló durante poco más de tres horas y media. A lo largo de su exposición mostró diferentes tonos e intensidades, y se mostró mucho más afable que como acostumbra hacerlo. Hubo un largo repaso de lo que podríamos denominar las virtudes del gobierno kirchnerista, entre ellas el eje principal fue el “desendeudamiento externo” que deja como legado a quien sea su sucesor en particular y a los argentinos en general, uno de los mayores logros si se tiene en cuenta la “herencia recibida sin beneficio de inventario”.

Mencionó algunos logros como la reestatización del sistema previsional y sobre la cantidad cada vez mayor de jubilados desde que pudieron ingresar al sistema las amas de casa y trabajadores que no pudieron completar sus aportes. Destacó los doce años ininterrumpidos de negociaciones partirías, y, en lo que fue un gran elogio al trabajo de la ANSES, remarcó la Asignación Universal por Hijo, los plantes Conectar Igualdad y los plantes Pro.Cre.Ar y Pro.Cre.Auto, entre otros. Rescató también de las 48 leyes laborales aprobadas durante todos estos años de gestión, que los diputados “no han tenido que avergonzarse”, en obvia alusión a ley de Reforma Laboral que La Alianza consiguió comprando votos con “la Banelco” y a la Ley de las AFJP, que tan mal administraron el dinero de muchísimos argentinos. Y, como anuncio más relevante se rescata el proyecto de ley para la “recuperación de la administración estatal de los ferrocarriles argentinos”.

En un tono claramente político, se mostró aguda en la defensa de lo hecho durante su gestión respecto a la causa AMIA y aprovechó el contexto para soltar sus críticas al Poder Judicial, algo que el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, debió tomar nota. Y volvió a cuestionar la judicialización de la política y al “Partido Judicial”. Y tomó también la controvertida acusación por “encubrimiento” del fiscal Alberto Nisman, aunque lo hizo tomando como referencia el documento en el que el propio Nisman, días antes de presentar su polémica denuncia, solicita la intervención del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas destacando la política del Gobierno en la investigación del atentado de la AMIA, que le juez federal Daniel Rafecas incorporó en el fallo con el que desestimó la denuncia elevada finalmente por el fiscal Gerardo Pollicita.

La falsa denuncia

Justamente, uno de los puntos centrales de lo que fue la semana previa al discurso de la Presidenta fue el categórico fallo del juez Rafecas desestimando la denuncia del exinto Nisman, elevada por finalmente por Pollicita. Rafecas echó por tierra la acusación contra la Presidenta, el canciller Héctor Timerman y el diputado nacional Andrés Larroque por supuesto encubrimiento en la causa AMIA. El fallo, que bien puede ser apelado, le oxígeno al Gobierno después de un verano por demás agitado. La propia Presidenta había publicado a través de Facebook, en español y en inglés, algunos de los puntos destacados del escrito del juez, que fue publicado completo el último domingo por el diario Página 12. “No hay condiciones mínimas para el inicio de una investigación”, sostiene Rafecas. “Ninguna de las dos hipótesis de delito que el fiscal Pollicita plantea en su requerimiento para dar curso a la investigación penal (la de la Comisión de la Verdad tras la firma del Memorando con Irán y la del levantamiento de las alertas rojas de interpol para los iraníes acusados en la Causa Amia) se sostienen mínimamente”, agrega el fallo. Rafecas va incluso todavía más lejos al afirmar que no sólo que la denuncia de fiscal carece de argumentos sino que “la misma evidencia reunida la desmiente de un modo rotundo y lapidario”. Y, con respecto a las escuchas telefónicas, que por supuesto existieron, el juez señala que “las personas sobre las que hay escuchas no integran organismos públicos, lo que vuelve difícil la conexión con las máximas autoridades del Estado, y además, que lo que surge de esas grabaciones es, en el mejor de los casos, la preparación de un delito –que no es punible penalmente”.

Cambios oportunos

Ante la inminencia de las elecciones presidenciales, la Presidenta comenzó a mover las piezas de su tablero como quien busca recuperar la iniciativa política tras la grieta que se abrió con la denuncia y el fallecimiento de Nisman. Con sólo tres días de antelación a su último discurso, corrió al chaqueño Jorge Capitanich, que había funcionado como una suerte de escudo antibala durante poco más de un año, y ubicó en su lugar a Aníbal Fernández, ahora flamante Jefe de Gabinete; y en lugar de Oscar Parrilli, ahora abocado a la Secretaria de Inteligencia y con la urgente misión de aplicar en 120 días los cambios dictados por la nueva ley de inteligencia –“se va a cortar la relación promiscua entre servicios y Poder Judicial”, promete- el secretario general de la presidencia será el diputado Eduardo “Wado” de Pedro. También fue corrido el ministro de Salud, Juan Luis Mansur, cuyo desempeño había sido objeto dentro de las propias filas del kirchnerismo, y colocó ahí al sanitarista Daniel Gollán.

Hay que entender que, más allá del notorio desgaste que sufrió Capitanich como habitual vocero de la gestión -con la rotura del diario Clarín fue una de sus acciones más desafortunadas-, su mayor problema estaba ocurriendo en Chaco, la provincia en la cual retomó la gobernación. Ahora, cono no podrá ser reelecto, el ex Jefe de Gabinete, volverá a trabajar para preparar su candidatura a Intendente de Resistencia. Algo parecido pasará con Mansur, duramente cuestionado en su gestión incluso desde el interior del kirchnerismo, quien ahora buscará postularse para la gobernación de Tucumán, donde también se candidatea el secretario de Obras Públicas, José López.

Está claro que la presidenta no se resigna a terminar su mandato contando los días. Los cambios son una buena señal en este sentido. Habrá entonces que imaginar, dentro de un complicado cuadro de armados políticos y alianzas electorales varias, un Ejecutivo activo dispuesto a potenciar diferentes áreas de gestión. Un final políticamente activo, y no baboso como le reclamaba la oposición. Como se suele decir en el fútbol, no hay mejor defensa que la vocación ofensiva.

(*) Sociólogo y periodista.

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