21/04/2015 Columnista

La paz en Colombia: una necesidad impostergable

Por Atilio A. Boron. Colombia ha vivido en guerra desde hace más de medio siglo. Las raíces del conflicto se hunden en su historia y llegan hasta las primeras décadas de su vida independiente. La virulencia de la confrontación entre conservadores y liberales a lo largo del siglo diecinueve tuvo pocas contrapartes en el resto de los países latinoamericanos.

Por su intensidad, duración y gravedad fueron muy pocos los países en los cuales ese tradicional enfrentamiento  decimonónico adquirió –en todos los casos circunstancialmente- la ferocidad que tuvo en el caso colombiano. Nada siquiera remotamente parecido ocurrió en nuestro país o en Brasil, Chile y Uruguay. Tal vez las pugnas en el México de Benito Juárez, que duraron unos pocos años, fueran las que más se acercaran a un conflicto que en Colombia se mantiene por muy largo tiempo.

La beligerancia actual es un eco lejano de aquellas añejas pugnas, claro que redefinida en función de los cambios precipitados por el devenir de la historia colombiana. Diferentes actores, distintas propuestas, lenguajes renovados para una lucha que se arrastra con su tendal de muerte y destrucción y que sólo en los últimos dos años parece haber entrado por un escabroso y empinado sendero que podría concluir con la guerra. Los diálogos de paz actualmente en curso en La Habana, con el respaldo del país anfitrión, Cuba, más Venezuela y Noruega, todos ellos actuando como garantes del proceso, son un intento novedoso (y ojalá que exitoso) para poner fin al conflicto armado.

Novedoso, decíamos, porque en esta negociación, a diferencia de lo ocurrido en los casos del Ejército Republicano Irlandés y el Sinn Fein con Londres y de la ETA con el estado español, las FARC y el gobierno del presidente Juan Manuel Santos acordaron invitar a participar de esos diálogos a las víctimas y los familiares de las víctimas que en número de sesenta hicieron oír su voz en el diálogo. Con esta simple medida se dio un paso de enorme importancia porque se introdujo en la discusión un actor ausente en casos similares, y que revela más que ningún otro la urgencia de llegar a una solución negociada que ponga fin a tanto derramamiento de sangre.

Al momento de escribir estas líneas los diálogos de La Habana habían logrado tres importantes preacuerdos en una agenda de seis ítems, a saber: (a) la discusión sobre la cuestión de las Víctimas, en cinco sesiones de trabajo; (b) la creación y elaboración de un informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas y la creación también de una Mesa de Género destinada a examinar el tremendo precio pagado por la mujer colombiana a causa de la guerra; (c) la creación de una subcomisión de mandos del ejército colombiano y comandantes guerrilleros para el cese al fuego bilateral, dado que hasta el momento sólo las FARC decretaron el cese del fuego.

La renuencia de Bogotá a hacer lo mismo estuvo a punto de abortar el proceso de paz cuando la semana pasada efectivos del ejército colombiano atacaron un contingente guerrillero en la región del Cauca desencadenando una serie de enfrentamientos armados con fuertes bajas de ambos lados, especialmente en el ejército. El diálogo se mantuvo, afortunadamente para Colombia, porque ambas partes son conscientes de que la indefinida continuación de la guerra tendría efectos catastróficos sobre el país y pondría en discusión su viabilidad como un estado nacional independiente; que ninguna de las dos partes puede ganar esa guerra, luego de más de medio siglo de sangrientos combates; y de que la opinión pública está harta del conflicto armado y ansía la llegada de un acuerdo de paz lo antes posible. La gran marcha por la paz que tuvo lugar hace un par de semanas en las principales ciudades colombianas reunió una multitud sin precedentes, expresando de ese modo la urgencia de concluir con una guerra que hace décadas viene enlutando a ese país.

Son muchos los que quieren la paz, pero hay también quienes, como el expresidente Álvaro Uribe y sus aliados, se empeñan en sabotear los diálogos de La Habana y creen que se puede poner fin al conflicto armado apelando a la elocuencia de las armas. Por suerte han caído en el descrédito, pero su capacidad de boycotear el proceso no es nada despreciable. Sin embargo, todo parece indicar que la larga marcha hacia una paz con justicia social, como exclamaban en la marcha de Bogotá, es una meta que día a día parece estar más al alcance de la mano. Sería una gran noticia para un país que ha sufrido demasiado, y que no hay horror que no se haya escenificado en su bellísima geografía, y para el resto de América Latina porque, como lo recordaba el expresidente Pepe Mujica, la paz de Colombia es la paz de América Latina.

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