18/05/2015 Columnista

Vladimir Putin y Rusia

Por Tomás Várnagy. El pasado 9 de mayo Rusia celebró la victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial en un ambiente de patriotismo, signado por la ausencia y la tensión con los líderes de la Unión Europea y Estados Unidos por el papel de Rusia en Crimea. El líder del Kremlin, Vladimir Putin (ex Director de una agencia continuadora de la KGB), sí estuvo acompañado por los presidentes de China, Cuba, Venezuela y otros países.

Uno de los problemas de Occidente para entender a Rusia es lo que se conoce en Europa como los Putinversteher (literalmente, del alemán, “los que entienden a Putin”), confundiendo a Putin con Rusia, un clásico equívoco desde Iván el Terrible hasta Stalin; algo similar a lo que ocurre con el peronismo en Argentina: es muy difícil de explicar o de ser entendido por un extranjero. Volviendo a Rusia, sus actuales problemas no son causados solamente por Putin, sino también por la sociedad que lo apoya, permitiéndole hacer lo que quiera y lo cierto es que Putin representa muy bien a su país.

En Occidente se lo critica por la anexión de Crimea, pero para los rusos es un buen ejemplo de recuperar la grandeza de su país, pararse frente a Occidente y lograr objetivos estratégicos. Pensemos que desde 1990 la OTAN se ha extendido y rodeado a Rusia desde Estonia hasta Turquía y se consideró esta expansión como una amenaza al país. En lo interno, pese a la declinación económica, Putin disfruta del índice de popularidad más alto de cualquier líder del Kremlin: 86% en febrero de este año. Se lo ama o se lo odia, se lo critica o se lo defiende, pero nadie niega que Putin he tenido un gran impacto en su país y en el mundo.

Desde inicios del milenio Putin ha consolidado su poder y el famoso enroque con Medvedev (que fue una marioneta de Putin) le permitió volver a la Presidencia en el 2012. Mientras tanto el Parlamento (que actúa como una escribanía) aprobó una ley que extiende el período presidencial de 4 a 6 años. Se le critica cierta “autocracia” y culto a la personalidad: lo cierto es que en lugar de un alcohólico como Yeltsin, Putin muestra un espíritu bravío, montando un caballo con el torso desnudo, y hablando como un hombre de acción, logrando una estabilidad que no existió con Yeltsin.

Defensor de un mundo multipolar, la política exterior de Putin –a diferencia de Yeltsin- confronta la hegemonía occidental y, con China, contrabalancea el poderío militar y político de los Estados Unidos. Además brega por una mayor cooperación económica y militar con países asiáticos, cuyas economías crecientes necesitan de la energía que puede proveer Rusia y a cuyos gobiernos no les preocupan las violaciones a los derechos humanos.

El disenso en Rusia no es bienvenido y lo prueba el encarcelamiento del millonario Mijaíl Jodorkovsky y el asesinato de varios opositores prominentes. A partir del 2012 hay nuevas leyes que aumentaron las multas por tomar parte en manifestaciones de protesta no permitidas por las autoridades y hasta cinco años de trabajos forzados. Putin sugirió (diciembre 2014) que los miembros de la oposición podían ser parte de una “quinta columna” que socavaba los fundamentos del país. El fervor patriótico, la retórica acerca de los traidores, las detenciones de activistas y el asesinato de Boris Nemtsov frente al Kremlin en febrero de este año acalló a los opositores.

Putin agravió a las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) que reciben fondos del exterior llamándolas “chacales” y “traidoras” y, por una ley del 2012, deben denominarse “agentes extranjeros” en sus publicaciones. La semana pasada el Parlamento ruso aprobó (442 votos a favor y 3 en contra) una ley por la cual se podrán “prohibir las actividades de las ONG extranjeras e internacionales declaradas ‘indeseables’”

Además, Rusia se convirtió en un bastión de moralidad tradicional, considerando que posee una cosmovisión moralmente superior a la de Occidente, defendiendo valores familiares tradicionales y convirtiéndose en un bastión en contra de la “así llamada tolerancia”. Se implementaron leyes por las cuales se persigue a los homosexuales (lo cual contribuyó al aumento de comportamientos homofóbicos), criminalizando (por una ley de 2014) la “distorsión” del papel de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, y multando el uso de “malas palabras” en cine y en teatro.

La periodista moscovita Masha Gessen en su biografía de Putin, El hombre sin cara, lo describe como “el padrino de un clan mafioso” que ha amasado una considerable fortuna de varios miles de millones de dólares. Pese a una campaña gubernamental en contra de la corrupción, Rusia –entre 175 países–  figura número 136 en el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional.

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