26/05/2015 Columnista

El panadero nuestro de cada día

Por Facundo Martínez*. El entramado político detrás de la imagen que recorrió el mundo entero. ¿Quién es Adrián “El Panadero” Napolitano? ¿A quien responde el hincha de Boca que agredió con gas pimienta a los jugadores de River? Dirigentes oficialistas y opositores se pasan la pelota, que en un año electoral, quema.

Tres imágenes para empezar: al Panadero Napolitano se lo ve con el dirigente tabacalero Roberto Digón, referente de la agrupación Nuevo Boca; el propio Digón cuenta que desde el año 2008 el muchacho que agredió con gas pimienta a los jugadores de River ya no estaba en sus filas y lo vincula a la Agrupación Boquense, cuyo líder es José Beraldi, otro de los candidatos a la presidencia de Boca en las elecciones de diciembre; en ocasión del partido que Boca jugó hace dos meses por la primera fase la Copa Libertadores ante Zamora, en Venezuela, a Adrián Napolitano se lo puede ver dentro del campo de juego, detrás de uno de los arcos, un lugar al que por supuesto no pude acceder el hincha común ni siquiera el socio, por más partidos y viajes que acumule sobre sus espaldas, y mucho menos todavía si el sujeto en cuestión está vinculado a las agrupaciones opositoras.

En esta última imagen, la pelota pasa al campo de Juan Carlos Crespi, uno de los vicepresidentes del oficialismo y un dirigente que siempre se las ha ingeniado para ocupar cargos en las comisiones directivas de los diferentes gobiernos. Crespi, como fiel acompañante del equipo en sus viajes, debió lidiar en más de una oportunidad con las exigencias de los barrabravas boquenses. Es un tipo de acción, y con cintura política, y hasta la muerte de Julio Grondona fue el hombre de Boca en la AFA.

Crespi supo compartir momentos con Digón y con Beraldi, cuando estos ocuparon sus vicepresidencias durante las gestiones de Mauricio Macri y Pedro Pompilio, es decir cuando fueron oficialistas, aunque ya no lo son. De hecho, en las últimas elecciones -en las que el actual presidente Daniel Angelici resultó electo- después de mucho discutir y primerearse, Digón y Beraldi se encolumnaron detrás de Jorge Amor Ameal, entonces presidente del club tras la muerte de Pompilio. Fue una alianza electoral para intentar disputarle el poder a Angelici, el delfín elegido por Macri que saltó de la tesorería a la presidencia y que si bien de fútbol puede saber poco, de política sí conoce y mucho por su pasado militante en la UCR y por su presente como operador político del PRO puertas adentro del Consejo de la Magistratura.

Angelici, está claro, quedó golpeado por los sucesos infelices de La Bombonera. El ataque de Napolitano y compañía lejos de ser una ventaja para los jugadores xeneizes terminó convirtiéndose en un bochorno de dimensiones gigantescas, con repercusiones en todo el mundo, y que trajo como consecuencias la eliminación del equipo en la Copa Libertadores, un castigo económico de 200 mil dólares y ocho partidos internaciones sin presencia de sus hinchas, cuatro como locales y cuatro como visitantes. No fue el castigo ejemplar que la FIFA le sugería a la Conmebol, y mucho tuvo que ver en eso la intervención del ex presidente del club y actual jefe de Gobierno Porteño, quien utilizó sus relaciones con el presidente de Paraguay, Horacio Cartes, ex presidente del club Libertad, quien como Macri también saltó del fútbol a la política.

Angelici fue uno de los protagonistas excluyentes durante la semana pasada. Dio notas a diestra y siniestra, paseó por varios canales televisivos y terminó su raid mediático almorzando nada menos que con Mirtha Legrand. La estrategia comunicacional es clara: tratar de despegarse del ataque y despegar también al macrismo xeneize de la relaciones peligrosas con La Doce. “A Napolitano se lo van pasando de una agrupación a la otra” arremetió el dirigente, que en medio del escándalo presentó su renuncia a la vicepresidencia segunda de la AFA y se fue, como quien dice, repartiendo tortazos a sus pares. “Queremos que se investigue a los autores materiales y a los autores intelectuales” expresó Angelici y, como suele ocurrir cada vez que la violencia le gana terreno al fútbol –algo que con mayor o menor frecuencia ocurre desde mediados de la década del ‘50- apuntó a la “sociedad”: “El fútbol es parte de la sociedad y la sociedad cada vez más violenta.... Exagerando un poco, nos está pasando lo de la película Relatos Salvajes”. Luego, Angelici soltó lo que a esta altura resulta absolutamente inverosímil: “No fue un tema de barras, es de agrupaciones políticas”.

Quien concurre a la cancha habitualmente sabe que sería prácticamente un suicidio intentar un acto semejante bajo la atenta mirada de los barrabravas, que Angelici pretende “blanquear” a través de un proyecto disparatado y hasta irresponsable. Es eterna la batalla por las responsabilidades entre las distintas dirigencias del fútbol y los organismos de seguridad. Aunque uno tenga la esperanza de que algún día las circunstancias logren empujar a un sinceramiento y un trabajo mancomunado entre aquellos a quienes les caben las culpas.  

Si hay algo verdaderamente lamentable dentro de este escenario es que, como es costumbre, se desaprovechen las ocasiones que el fútbol tiene para discutir el grave problema de violencia que lo atraviesa, violencia que los dirigentes, por acción u omisión, han de alguna manera alimentado hasta convertirlo en un monstruo de siete cabezas, o mejor dicho de siete patas que le permiten salir corriendo en cualquier dirección.

Al menos hay un punto de convergencia de los diferentes enfoques e intereses. Todos coinciden en que esto que ocurrió en Boca bien podría haber ocurrido en cualquier otro club y en que es tiempo –las palabras son de Angelici frente a Legrand- “de ponerse a trabajar en serio, sin hipocresía”. En Inglaterra, trabajaron juntos la dirigencia y el Estado para erradicar a los hooligans. Juntos significa autoridades y dirigentes, quienes por ahora frente a los nuevos sucesos y desde siempre frente a los 278 muertos de la trágica lista de la violencia futbolera, suelen pasarse la pelota de aquí para allá, como si fuese una bola de fuego que no se puede retener, porque quien lo hace se quema.

(*) Sociólogo y periodista.

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