05/10/2015 Columnista

Cataluña: independencia, por las buenas o las malas

Por Atilio A. Boron. El triunfo del independentismo catalán abre un nuevo período en la historia de España, y esto por varias razones. En primer lugar, porque el resultado no deja dudas acerca de la voluntad mayoritaria de los catalanes. Después de siglos de reivindicaciones separatistas se construyó una abrumadora mayoría electoral que ya no quiere seguir siendo parte del reino de España. No sólo eso, sino que tampoco tienen los catalanes interés alguno en seguir siendo súbditos de una monarquía, de cualquier signo nacional, sino que aspiran a la fundación de una república.

Quieren ser ciudadanos y ya no más súbditos. En segundo lugar, esta mayoría tiene una clara orientación de izquierda. A diferencia del viejo proyecto independentista de Convergencia y Unión, de factura netamente conservadora, la nueva mayoría catalana se identifica con la tradición -o tal vez sería mejor decir las diversas tradiciones- de izquierda que animaron la vida política de Cataluña en los últimos dos siglos. Es decir, la fórmula parecería ser independentismo más alguna variante de socialismo, y esto sí constituye una alentadora novedad en la vida política española. Tal como lo declararon los nuevos líderes independentistas, la pelota está ahora en la cancha del estado español. Rajoy permaneció en silencio y prosigue con su negacionismo, pensando que el viejo régimen de las autonomías plasmado en la transición posfranquista será suficiente para acomodar ese racimo de nacionalidades que se conoce como España. De hecho, la elección del domingo pasado marca el fin del régimen de las autonomías y abre un período difícil que, en buena medida, dependerá para su pacífica evolución de las reacciones de Madrid. Si está dispuesta a abrir un diálogo y reconocer la voluntad expresada en las urnas  catalanas sería posible todavía pensar en una España confederal y multinacional, con un elevado grado de autonomía para las naciones que las componen, comenzando por Cataluña y el País Vasco, y siguiendo por Galicia y otras regiones que albergan similares ambiciones. Pero si la respuesta fuera el rechazo o el ninguneo es evidente que los catalanes declararían su independencia de manera unilateral. Ante ello el estado central de España tendría o bien que aceptar el hecho consumado, para su descrédito y su debilidad, o intentar lo impensable: una represión militar de los separatistas y cuyo resultado desde el punto de vista internacional sería peor que el que recogió Moscú en tiempos de la Unión Soviética cuando, en 1968, envió sus tanques a Praga para reprimir las ansias separatistas de Checoslovaquia.

El proyecto europeo hace aguas, no por culpa de las reivindicaciones nacionales (en España o el Reino Unido, para no citar sino las más importantes) sino porque fue secuestrado por una conspiración de banqueros y políticos corruptos –la famosa Troika europea- dispuesta a aplastar la democracia si pone en riesgo las ganancias del capital y a la cual le importa absolutamente nada cualquier clase de argumento nacional o cultural. El caso griego es prueba elocuente de lo que venimos diciendo. No será fácil el camino para una Cataluña independiente, porque la Troika y sus peones no le facilitarán para nada las cosas. Pero a la luz de lo que está ocurriendo en Europa y en el mundo pensar que las cosas volverán a ser las de antes en España es una quimera. Si Madrid actúa con racionalidad y apego a las normas democráticas podríamos ver una transición ejemplar. En caso contrario, un nuevo frente de conflicto e inestabilidad se abriría en el ya convulsionado continente, y en donde, más al norte, asoma la insistencia de una Escocia que quiere someter a un nuevo plebiscito su permanencia o no en el Reino Unido.

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