13/10/2015 Columnista

Ni carpas, ni ladrillos, ni vallas

Por Tomás Várnagy. “Another brick in the (Malvinas) wall” [Otro ladrillo en la pared (de Malvinas)] es el título de una canción de Pink Floyd y una nota del Buenos Aires Herald (07/10/2015) sobre ex soldados argentinos que sirvieron en el continente y utilizaron ladrillos para construir un cobertizo en la Plaza de Mayo para ser reconocidos como veteranos de la guerra de Malvinas.

Se define al espacio público como un espacio social, abierto y accesible a la gente. En muchos países se lo considera un foro donde todos pueden expresar sus opiniones; obviamente no se puede insultar y no se permite acampar, orinar o realizar actos indecentes. Geógrafos como Don Mitchell y filósofos como Jürgen Habermas consideran que existe una relación directa entre los espacios públicos, la democracia y la ciudadanía. También se debate (Michael Sorkin y Mike Davis) sobre el “fin del espacio público” físico debido al acceso hogareño a diferentes formas de participación virtual que existen a partir de Internet.

El derecho a protestar es un derecho humano siempre y cuando no perjudique los derechos y libertades de terceros. Una manifestación es una acción llevada a cabo por un grupo de gente a favor de una causa política u otra. Para el historiador Eric Hobsbawm, en Años interesantes: una vida en el siglo XX, “junto con el sexo, la actividad que combina una experiencia corporal y una intensa emoción es la participación en una manifestación masiva en tiempos de gran exaltación pública”.

La Plaza Roja de Moscú tiene una superficie un poco mayor de dos manzanas, es considerada el centro de la ciudad y de toda Rusia. La única vez que fue ocupada ilegalmente en la era soviética fue en mayo de 1987, cuando el joven alemán Mathias Rust aterrizó en un pequeño avión en el centro de la plaza, por lo cual renunció el Ministro de Defensa soviético.

El Central Park de Nueva York  tiene una superficie de más de 300 manzanas, y a principios de la década de 1970 tuvo problemas de vandalismo, actividades ilícitas y usos territoriales por parte de grupos (de actividades deportivas) que excluían a otros el uso del espacio público. Aplicando la “teoría de las ventanas rotas”, a fines de esa década, se disminuyó el vandalismo y se redujeron las tasas de criminalidad.

La plaza de Tiananmén en Beijing, o plaza de la Puerta de la Paz Celestial, fue construida para poder desarrollar actos masivos de adhesión política, y es una de las más grandes del mundo, con casi 900 metros de largo por 500 de ancho (unas 44 manzanas). En 1919 hubo manifestaciones populares; en 1949 Mao proclamó allí el nacimiento de la República Popular China, y en la revuelta de 1989 fueron reprimidos y muertos un número indeterminado de personas (con la famosa foto de un hombre parado frente a tanques).

En ninguno de estos lugares es concebible que unas pocas personas se apropien del espacio público por reivindicaciones que pueden ser justas o no. Buenos Aires es una de las grandes ciudades del mundo, con más librerías y actividades culturales que cualquier otra y merece, ciertamente, respeto. Imaginemos si alguien quisiera instalar una carpa, o construir una habitación con ladrillos en cualquiera de los lugares mencionados. ¿Cuál sería la reacción de las autoridades (de izquierda, centro o derecha)? Obviamente, ni en Rusia, Estados Unidos o China durarían más de un día, mientras que en nuestra emblemática Plaza de Mayo los presuntos veteranos de guerra han permanecido por más de siete años.

En Egipto, por una ley del 2013, se condenó a un grupo de mujeres que manifestaban a 11 años de prisión. En Ucrania, desde el 2014 hay leyes draconianas en contra de las protestas públicas, por ejemplo: 15 días de cárcel por la instalación de carpas o equipos de sonido o por la utilización de máscaras o cualquier elemento que no permita ver las caras de los manifestantes.

Los espacios públicos deberían considerarse “sagrados”: ni privatizaciones, como desean los neoconservadores, ni uso de los mismos por supuestas “víctimas” de un sistema injusto. Hay un contrato social por el cual debemos respetar un lugar que es de todos, sin importar las clases sociales que quieran confiscar, protestar o recuperar. Se da una decadencia cívica y moral cuando no se respeta este contrato o cuando las autoridades no responden a reclamos legítimos o ilegítimos.

Concluyendo, por un lado, hay que evitar el “todo vale” y que no importen los derechos de los demás ni el contrato social; y, por el otro, pareciera que no hay un poder que convalide lo que es legal y lo que es ilegal, generándose además una polémica entre el gobierno de la ciudad de Buenos Aires y el gobierno nacional sobre quién es el responsable de intervenir en este caso. Conjuntamente con la indebida ocupación de los ex soldados, existe otra injustificada división en la Plaza de Mayo –pese a las nuevas rejas que rodean a la Casa Rosada– por una valla policial autorizada y continuada por varios gobiernos desde hace muchos años.

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