03/05/2016 Columnista

¿Un ciclo de inestabilidad política en América Latina?

 Por Atilio A. Boron. En Argentina, doce años de kirchnerismo culminan transfiriendo el gobierno a manos de una heteróclita coalición de derecha cuya “terapia de shock” está suscitando una veloz activación de la protesta social. 

En Perú ocurrió algo rarísimo: el oficialismo no pudo siquiera presentar un candidato en la reciente elección presidencial. Dos ex presidentes, Alejandro Toledo y Alan García, sí lo hicieron y el resultado fue bochornoso: cosecharon alrededor del 1 por ciento de los sufragios. En Bolivia a Evo Morales le cerraron la puerta de una nueva postulación a la primera magistratura de ese país, pese a que aún quienes votaron de ese modo también decían que había sido el mejor presidente de la historia.

Brasil está convulsionado por una ignominiosa maniobra urdida por los sectores de la derecha radical para poner fin al gobierno petista de Dilma Rousseff.  La votación en la Cámara de Representantes constituyó un espectáculo deplorable, pocas veces visto no sólo en Brasil sino a nivel mundial, que arroja espesas sombras de dudas sobre el futuro de ese país en caso de que su dirigencia de reemplazo, si es que finalmente se aprueba la destitución de Dilma, se reclute entre esos vociferantes  energúmenos.

En Chile la deslegitimación de la casta política tradicional no podría haber llegado a límites más rotundos mientras que en Paraguay proliferan las denuncias en contra de las políticas del presidente Horacio Cartes y la corrupción gubernamental. En Colombia, el sistema político está sometido a fuertes presiones a causa de los avances en las investigaciones judiciales sobre los vínculos de Álvaro Uribe Vélez con el paramilitarismo y el narcotráfico y la acelerada descomposición de las fuerzas políticas tradicionales con vistas a la próxima elección presidencial. Pero    Venezuela constituye, sin duda, el caso más preocupante: allí la combinación de la guerra económica y la ofensiva diplomática desatada por Washington, el terrorismo mediático y los graves problemas de la gestión gubernamental ha creado una situación de suma gravedad que podría acentuarse aún más en caso de que El Niño demorara la llegada de las lluvias necesarias para llenar la represas hidroeléctricas de las cuales depende más de las dos terceras partes del suministro eléctrico de Venezuela. No es un misterio para nadie, puesto que fue explícitamente enunciado por el anterior y el actual jefe del Comando Sur de Estados Unidos, el Almirante Kurt Tidd, que en caso de configurarse una crisis humanitaria (falta de alimentos, medicinas, electricidad, etcétera) y ante la requisitoria sea de la Asamblea Nacional (dominada por la oposición al chavismo) o bien de algún organismo regional, como al OEA, la intervención humanitaria en territorio bolivariano debería producirse sin más demora, lo que abriría una caja de Pandora en donde, contrariamente a la mitología griega, se tornaría muy difícil encontrar en su fondo la esperanza.

Este somero repaso del panorama sociopolítico sudamericano no sería completo si no señaláramos que Ecuador es un poco la excepción en este cuadro regional. Rafael Correa no podrá presentarse nuevamente para disputar la titularidad del Ejecutivo, aunque Alianza País por ahora lleva una delantera de más de treinta puntos sobre cualquier candidato de la oposición. En Uruguay las cosas marchan tal cual se habían previsto y no parece haber en el horizonte amenazas a la estabilidad del gobierno de Tabaré Vázquez. Pero, en ambos casos, la inestabilidad de sus vecinos: Colombia en el caso del Ecuador, Brasil en el del Uruguay, podría también tener consecuencias desestabilizadoras.

Una reflexión, a modo de conclusión preliminar: si en el pasado las fuentes inmediatas –no las profundas, siempre asociadas a las condiciones económico-sociales de base-  de la inestabilidad política de la región se encontraban en la “inquietud castrense” que periódicamente se traducía en golpes militares, hoy aquellas se relacionan más con el insólito protagonismo adquirido por los poderes judicial y legislativo en los procesos democráticos de nuestro tiempo y, last but not least, por el papel de los oligopolios mediáticos convertidos en poderosos arietes de los grandes intereses económicos. En línea con las preferencias por el “poder blando” como metodología de acción política auspiciada por la Casa Blanca, en nuestra región los “golpes institucionales” aparecen como un peligroso sustituto de los tradicionales. Pero, es preciso no confundirse: ambos tienen consecuencias igualmente perniciosas sobre el progreso democrático de nuestros países. Y tanto uno como el otro desatan la violencia y la represión de defensores de los derechos humanos, líderes sociales y periodistas, como lo atestigua el triste record de dos países en los cuales sendos “golpes blandos” apartaron a los presidentes constitucionalmente electos: Honduras y Paraguay. En suma, una nueva constelación de poderes que, al igual que los militares antaño, no son responsables ante las ciudadanías ni controlables democráticamente y que, por eso mismo, atentan contra la estabilidad de nuestras democracias.

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