17/05/2016 Columnista

Brasil después de Dilma: lo que vendrá

Por Atilio A. Boron.  El futuro inmediato de Brasil es fácilmente predecible. Un presidente usurpador, con un bajísimo porcentaje de aprobación popular y con una ínfima intención de voto para las elecciones de Octubre de 2018 (1 por ciento). 

Su gabinete, además, poco o nada puede ayudar. Aparte de haber incurrido en un acto bárbaro como la supresión de dos ministerios clave: el de Cultura y el de la Mujer, su composición es un retrato hablado del viejo orden oligárquico. Todos varones, blancos y ricos, para tripular una nave que debe sortear una borrasca de dimensiones excepcionales. Dos cargos claves están ocupados por Henrique Meirelles, como Ministro de Hacienda, y por José Serra, en su calidad de canciller. Meirelles es un personaje del bajo fondo de las finanzas internacionales: fue uno de los principales directivos del Banco Boston, y cuando este dio origen al  Fleet Boston Financial Corporation Meirelles fue designado presidente. En tal condición fue uno de los que estafó a los ahorristas argentinos con la crisis de la convertibilidad, diciendo que la sucursal del Boston en la Argentina nada tenía que ver, en términos financieros y contables, con la casa matriz y que, por lo tanto, no tenía como devolver los dólares que hubieran sido depositados en esa institución. José Serra, a su vez, es un ex ultraizquierdista de los sesentas reconvertido al neoliberalismo. Conservó intacto su dogmatismo integrista, sólo que ahora con un contenido más acorde con los tiempos que corren; y si antes no podía contener su devoción por la clase obrera y la lucha de clases ahora lo hace, luego del meticuloso lavado cerebral recibido durante su doctorado en Cornell, por las libres fuerzas del mercado y la civilización norteamericana.

El programa de gobierno de Temer es lo que Naomi Klein apropiadamente denominara como “terapia de shock”: un ajuste salvaje sin anestesia, peor aún que el argentino, con recortes sustanciales en el gasto social y la derogación de buena parte de la legislación aprobada durante los años del gobierno del PT. El problema es que el contexto económico internacional no podría ser más desfavorable para un país que hizo del recurso petrolero, la soja y la exportación de minerales la base del crecimiento de la economía, y los tres productos han visto sus precios derrumbarse en los últimos años. La alternativa sería reorientar la actividad económica hacia el potencialmente enorme mercado interno brasileño, pero el ajuste de Temer si algo logrará será reducir la demanda agregada. Por otra parte,  uno de los más graves errores cometidos por el gobierno petista fue su indiferencia ante la vigorosa primarización del aparato productivo y la desindustrialización de lo que otrora fuera la mayor potencia industrial de América Latina. Lo anterior autoriza a predecir el advenimiento de una época de grandes turbulencias sociales, producto de una tormenta perfecta: un gobierno  insanablemente ilegítimo, una economía en caída libre, una dirigencia corrupta hasta la médula, comenzando por el presidente, y un programa de ajuste ortodoxo que suscitará grandes protestas y obrará el milagro de reactivar los movimientos sociales y las fuerzas políticas que habían sido desmovilizadas por el PT. Y este cuadro no podrá sino influenciar muy negativamente en toda la región, dado que lo ocurrido en el gigante sudamericano demuestra que las elecciones y la soberanía popular pueden ser fácilmente canceladas, a muy bajo costo, cuando los poderes fácticos y sus portavoces en el poder judicial, el Congreso y los medios de comunicación lo estimen conveniente. Después de esto, y antes lo de Grecia, ¿qué sentido tiene hablar de democracia en el mundo capitalista?.

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