15/06/2016 Columnista

La Alianza del Pacífico y el interés nacional de la Argen

Por Atilio A. Boron. Días atrás, el gobierno nacional anunciaba con bombos y platillos la incorporación, en calidad de observadora, de la Argentina a la Alianza del Pacífico. ¿Qué sentido tiene afiliarse a este bloque económico y político?

La prensa calificó esta noticia como un auténtico giro copernicano en la política exterior argentina y como un paso más de nuestro país en su demorado “regreso al mundo”, para decirlo con una expresión que la Casa Rosada ha puesto en circulación en meses recientes. Ante un vuelco tan significativo se impone examinar algunos detalles no siempre tenidos en cuenta en medio de la euforia que produjo la noticia en algunos círculos políticos y en cierto periodismo.

En primer lugar para examinar el origen de esta iniciativa.  No está demás preguntarse cómo se originó la Alianza del Pacífico. ¿Fue una creación de los países latinoamericanos, interesados en profundizar sus vínculos con las naciones del otro extremo del Pacífico? La respuesta es que no. La AP es una política diseñada por la Casa Blanca para neutralizar la -para Washington- perniciosa influencia de China en la economía y los asuntos internacionales. Para ello movió sus influencias en varios gobiernos de la región y estimuló la creación de un inverosímil acuerdo entre México, Colombia, Perú y Chile, los cuatro fundadores de la AP, que tenían muy tenues vínculos económicos y políticos entre sí. Y aquí se introduce una segunda consideración: la AP es una curiosa alianza más que nada de carácter nominal porque la relación comercial entre Perú y México, por ejemplo, es absolutamente insignificante. Los vínculos entre México y Colombia no son mejores. Sólo Chile y México mantienen una cierta relación comercial. En suma: una alianza entre socios que antes y después de creada la nueva asociación casi se ignoraban recíprocamente. Tal vez podría decirse que lo único que tienen en común es que todos han firmado un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, y muy poco más.

Dado todo lo anterior, ¿qué sentido tiene afiliarse a un bloque económico y político como ese? Es una buena pregunta, que los responsables de las relaciones exteriores de la Argentina tendrían que hacerse. Y la respuesta es tan simple como decepcionante: agradar a la Casa Blanca, demostrar que sintoniza con sus prioridades y que acompaña sus iniciativas. Pero, ¿qué decir del interés nacional argentino? Porque, a no dudarlo, Estados Unidos fija su política exterior en función de una definición –siempre sometida a debate- de su interés nacional. Y se comprende perfectamente bien que Washington esté preocupado por la acentuada gravitación de China no sólo en el Pacífico sino en todo el mundo. Pero el interés nacional argentino no coincide con el de Estados Unidos, en este como en tantos otros temas. Porque resulta que China es el segundo socio comercial de la Argentina y el primer financista internacional de nuestro gobierno. Adherir alegremente a una iniciativa reactiva ante el gigante asiático es, por decirlo suavemente, una peligrosa imprudencia que puede resultarle muy cara a este país: antagonizar a un importantísimo socio comercial y financiero inmiscuyéndonos en una pelea que no es nuestra y tomando partido en una confrontación en donde no tenemos nada que ganar y mucho que perder. La política exterior es un asunto muy serio, y para conducirse con destreza en sus peligrosos meandros es conveniente recordar lo que a lo largo del siglo diecinueve cristalizara como el paradigma del pragmatismo político anglosajón. Tanto John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, como Lord Palmerston, premier británico en la época de la Reina Victoria, decían que sus respectivos países “no tienen amigos ni enemigos permanentes sino intereses permanentes.” Sería bueno que, a propósito de la tan celebrada incorporación a la Alianza del Pacífico los argentinos nos preguntáramos cuáles son nuestros intereses permanentes para, en función de ellos, trazar una línea de política exterior coherente y previsible, perdurable a lo largo de las generaciones y no sometida a los ampulosos vaivenes que, desgraciadamente, la caracterizaron a lo largo de los últimos cien años.

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