24/08/2016 Columnista

Argentina: una compra innecesaria

Por Atilio A. Boron. Días pasados la prensa informó que el gobierno argentino había dispuesto la compra de 24 aviones  T6-C Texan II, unos turbohélices biplazas de ataque ligero.

El costo de la operación, que deberá establecerse luego de la negociación final con la empresa fabricante de esos aviones, la  Beechcraft Defense Company, con sede en Kansas, rondará los 300 millones de dólares. Al anunciar esta compra, pocas horas antes de la visita de John Kerry a la Argentina, se dijo que esas aeronaves tendrían como misión facilitar el entrenamiento de pilotos y ejercer el control de la “porosa frontera norte” de nuestro país. 

La decisión adoptada suscita algunas reflexiones. En primer lugar, porque había y hay alternativas a la compra de un avión bastante elemental que vendría a reemplazar a los Tucano brasileños o a los Pucará fabricados en la Argentina. Por ejemplo, haber establecido un acuerdo conjunto entre nuestro país y Brasil para desarrollar aquí una versión más avanzada de los Tucano o los Pucará. En ese caso se habría dinamizado alicaída industria aeronáutica nacional, creado empleos y ahorrado divisas. Porque, insisto, no se trata de un avión avanzado de combate como puede ser el F-16 norteamericano sino un avión muchísimo más sencillo, de reconocimiento y adiestramiento de pilotos. Optar por la compra en Estados Unidos parece más bien un gesto de buena voluntad para con la potencia del norte.​

Por otra parte, gracias a la UNASUR, hoy abandonada a su suerte por los gobiernos de Argentina y Brasil, se había avanzado en la elaboración de una doctrina de defensa sudamericana que implicaba la fabricación conjunta de aviones y transferencia de tecnología para hacer posible la protección de los recursos naturales de nuestros países y la defensa de nuestras fronteras. Todo esto se abandona en aras de una “nueva relación especial” que el gobierno del presidente Macri quiere construir con Estados Unidos, obviando que Washington optó por alinearse junto al Reino Unido y repudiar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca cuando sus intereses así se lo aconsejaron en la Guerra de las Malvinas. No deja de ser sorprendente que se decida comprar material bélico -de dudosa efectividad para luchar contra el narcotráfico si nos atenemos a la experiencia mexicana al respecto- al país que ha sembrado más de ochenta bases militares en la región y que manifiesta una insaciable voracidad por apoderarse de los recursos naturales que en cantidad tan exuberante existen en América Latina. 

Una dosis de prudencia política habría inclinado la decisión presidencial en otra dirección: la modernización de los Tucano y los Pucará, incorporando nuevas tecnologías fácilmente asequibles en el mercado aeronáutico mundial, apelando a países como la India, Suecia, y Francia, para ni hablar de Rusia y China. En su lugar, reforzamos nuestra dependencia militar y tecnológica con Estados Unidos, paso inicial para seguramente avanzar en la instalación de dos bases militares de ese país en la Triple Frontera y en Ushuaia, con lo cual atraeremos la atención, y la furia, de los “numerosos actores extremistas y violentos” que, según el documento de la National Security Strategy de febrero del 2015, pululan en el sistema internacional con la intención de atacar a los Estados Unidos y a sus aliados. Parecería que la Argentina es un país con dificultades de aprendizaje. Menem hizo lo mismo que Macri está haciendo hoy, y a más de veinte años los crímenes de la Embajada de Israel y la AMIA siguen impunes, y el país llorando a sus muertos.

Notas relacionadas

Cuando los números mandan


La crisis y desaceleración de la industria automotriz


Los precios y la capacidad de control del estado


Barajar y dar de nuevo


Paradojas del tiempo en democracia