16/11/2016 Columna

El enigma Trump

Por Atilio A. Boron. Sin dudas la fulgurante aparición y posterior victoria electoral de Donald Trump marcará profundamente al proceso político y social de Estados Unidos. 

Es lo que en ese país se denomina un “maverick”, es decir, un inconformista, un disidente solitario, un transgresor; en suma, un personaje que se aleja de las corrientes de pensamiento (y también de comportamiento) establecidas en la sociedad. Fue esa la razón fundamental por la cual el establishment lo miró al principio con desdén, luego con desconfianza y más tarde, una vez que su ascenso a la nominación del Partido Republicano era irresistible, con temor. Por eso los grupos dominantes de Estados Unidos se volcaron masivamente a favor de Hillary Clinton. Ella, por el contrario, era previsible. Tal vez demasiado previsible. A diferencia del magnate neoyorquino dependía por completo de los aportes financieros de los grandes lobbies empresariales de su país. Esta dependencia la convertía en una dócil marioneta de los intereses establecidos. Trump, por el contrario, no dependía de nadie. Hizo toda su campaña con fondos propios o con la enorme publicidad gratuita que le granjeaban sus exabruptos, que lo catapultaban a las tapas de los grandes diarios y a las primeras noticias de los noticieros vespertinos de las grandes cadenas noticiosas de Estados Unidos.

Un “maverick” victorioso constituye un síntoma. Pero, ¿de qué? Creo posible afirmar que al menos de dos cosas. Primero, de la ruptura del consenso bipartidario que durante largas décadas prevaleció en Estados Unidos. Cualquiera que fuese el candidato sabía lo que este habría de hacer: promover el libre comercio, liberar a las finanzas de cualquier control, hostigar a los países enemigos y meterse en cuanta guerra o conflicto hubiera en el planeta. Pero resulta que ese programa de acción ya no satisface por igual a todos los miembros del heteróclito “gobierno invisible” o “estado profundo” (Peter Dale Scott). Este tiene fisuras, porque si bien hay un sector vinculado a la especulación financiera, los paraísos fiscales y a las formas ilegales o delictivas de actividad económica (narcotráfico, trata, venta de armas, etcétera) hay otro que, al tener sus intereses radicados más en el sector industrial y en la actividad doméstica, han visto sus negocios perjudicados.

No se puede entender la heterodoxia de Trum, su repudio al “free trade”, su amenaza de sabotear el Tratado Trans Pacífico como una respuesta desairada producto de su intemperancia. Hay algo más de fondo: el desenfreno neoliberal precipitado desde Bill Clinton hasta nuestros días no sólo produjo estragos en terceros países (¡miremos la situación en África o en América Latina!) sino que deterioró fuertemente el aparato productivo y la infraestructura económica estadounidense. Y el cambio que se precisa no lo podía hacer Hillary, sumisa sirvienta de los grupos dominantes, sino que tenía que hacerlo alguien con la suficiente autonomía financiera y personal como para poder emprenderlo. Esa será la prueba de fuego de Trump: ¿podrá quebrarle la mano a los sectores del establishment para los cuales este, el mundo de la decadencia industrial de Estados Unidos y el del fabuloso enriquecimiento de banqueros y financistas, es el mejor de los mundos? Habrá que esperar apenas unos meses para empezar a resolver el enigma.

Pero hay un segundo síntoma que expresa el ascenso de Trump: el desvanecimiento del American dream, el sueño americano de la perpetua movilidad social ascendente. Eso se acabó, y hace varias décadas. Los informes económicos de los organismos oficiales del gobierno de Estados Unidos demuestran que la gran mayoría de la masa asalariada tiene sus ingresos reales –es decir, controlados por la inflación- fijados en los niveles existentes a mediados de la década de los setentas. Para esa gente el sistema ya no tiene nada para ofrecerles: ni seguridad laboral, ni ingresos crecientes, ni educación para sus hijos, ni salud para su vejez. El consenso neoliberal los dejó a la vera del camino, y su preocupación excluyente fue asegurar que los ricos se enriquecieran cada vez más. Por eso la distribución del ingreso empeoró significativamente y por eso las cifras reales del desempleo, no las que propala la prensa hegemónica, ubican las tasas de desocupación por encima del 15 por ciento. Esa gente, desencantada, enojada, frustrada, que ve su país invadido por inmigrantes, que detesta a los afrodescendientes e hispanos, a musulmanes y orientales, es decir, a todo lo que le es ajena, se volcaron por un candidato que le proponía “hacer América grande otra vez”, en explícito reconocimiento de que ya no lo era. Se vienen tiempos difíciles, y el enigma Trump comenzará a develarse en poco más de dos meses. Allí podremos saber qué es lo que nos espera. Sus palabrotas no son una confiable indicación del futuro curso de su gestión. Habrá que esperar que, en cambio, hablen sus acciones. Allí sabremos a qué atenernos.

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