20/12/2016 Columnista

La ciencia del ajuste

Por Facundo Martínez*. La fórmula que mide el interés de los países en el conocimiento para el desarrollo parece no correr por estos tiempos en la Argentina, que dice mirar al mundo pero vuelve como siempre los ojos hacia su ombligo.

La política del ajuste, que durante este 2016 horadó los bolsillos de los trabajadores con una inflación que prácticamente duplicó su proyección y que terminó haciendo que los acuerdos salariales quedaran en promedio unos quince puntos por debajo, llegó ahora al área de Ciencia y Tecnología para dejar en estas fiestas a unos 500 científicos e investigadores con la soga al cuello.

Apenas dos días después de la jornada de lucha en el CONICET, donde los trabajadores se expresaron en contra del recorte que se venía anunciando, el organismo publicó las listas de ingresantes que confirmó el despido de 489 científicos que se quedaron afuera de la carrera de investigadores, más allá de que el organismo les haya otorgado una recomendación.

Esta situación en un país en el que se han contraído prácticamente todas las ramas de actividad y se ha reducido sensiblemente la oferta de trabajo es más que preocupante para el sector, ya que las posibilidades de inserción, tanto en el ámbito público o privado, son realmente escasas.

“En un contexto nacional por demás complicado para los y las trabajadoras, hoy se están dejando familias sin sustento, carreras cortadas súbitamente y líneas de investigación truncas, por el simple motivo de que no hay presupuesto. Hoy está más claro que nunca que a los/as compañeros/as se los/as está despidiendo, y ni al Ministro Barañao ni al Presidente del CONICET Ceccatto se les mueve un pelo, ni salen a dar la cara por esta situación”, denunciaron los trabajadores del CONICET y del Ministerio de Ciencia y Tecnología la semana pasada. Allí lanzaban una convocatoria para este lunes, en el Polo Científico, donde entregarán a las autoridades una carta abierta para que estos se la entreguen al presidente Mauricio Macri.

Por otra parte, un grupo de científicos, artistas e intelectuales, que reflotaron el Manifiesto Argentinos (MA) denuncian que “el gobierno en el poder, aprovechando perversamente su legitimidad, ahora ataca y destruye el desarrollo autónomo en materia de ciencia y tecnología”. El MA focaliza sus críticas “contra las políticas implementadas por el macrismo en el área de desarrollo tecnológico: el recorte del presupuesto y la reducción de vacantes para la carrera científica en el Estado” y convoca a la ciudadanía a “oponerse de la manera más firme al embrutecimiento y genuflexión que impulsa el perverso gobierno actual”.

El elevado tono de la propuesta se erige sobre la base de que esta política de ajuste en el sector de ciencia y tecnología presupone una política de autodestrucción, de entrega de soberanía y, por ende, de deterioro de la calidad de la democracia.

El ministro del área Lino Barañao quedó en el foco de la tormenta. Del empuje durante el gobierno populista de los Kirchner al frenazo del actual gobierno, Barañao es la pieza que permanece frente a la promesa de una continuidad de las políticas en ciencia y tecnología, que no se condice con la expulsión de los casi 500 investigadores, víctimas de una política de ajuste que recayó principalmente en el recorte de vacantes al ingreso de la Carrera de Investigador Científico del CONICET.

El MA había surgido como un mecanismo de defensa contra las políticas neoliberales de los ’90 y se había disuelto en 2003: “tras dar por cumplida su misión”, según lo señalaba en agosto pasado uno de sus fundadores, el periodista y escritor Mempo Giardinelli, en una columna publicada en Página 12 en la que se anunciaba el regreso de este colectivo que integran, entre otros, el sociólogo Fortunato Mallimaci, el matemático Adrián Paenza y el dramaturgo Roberto “Tito” Cossa, quienes se manifiestan: “Indignados por el retorno a políticas neoliberales y el daño que están provocando en la trama social, económica y cultural”.

La Ciencia no se quedó afuera de la crisis en un año en el que el Estado fue retirándose paulatinamente de los procesos de desarrollo tecnológico autónomo, como ocurrió con los satélites que se construían en el país y ahora se importan. El MA “condena estas barbaridades que comete la administración macrista-radical y llama a los investigadores y a la ciudadanía toda a defender las conquistas logradas en el campo científico”.

A mediados de este año, en un artículo de opinión publicado por el diario La Nación, el investigador superior y ex presidente del CONICET, Roberto Salvarezza, realizó un balance de los últimos 12 años en el área frente al cambio de gobierno. Allí pedía mantener un debate profundo sobre el camino recorrido y el que había aún que recorrer. Remarcaba también “el consenso en reconocer el esfuerzo realizado por el Estado durante el período 2003-2015, que no sólo multiplicó por un factor 7 los presupuestos de las universidades y el Conicet (expresados en dólares estadounidenses), sino que también colocó en el centro de la escena el conocimiento como insumo para el desarrollo del país y el bienestar de los ciudadanos”.

Entre esos avances se crearon el Ministerio de Ciencia y Tecnología y una política activa en materia de formación de recursos humanos que elevó de 3500 a 9000 los investigadores y de 1800 a 10000 la cantidad de becarios.

Salvarezza destacaba, además, los logros en diferentes áreas como resultado de esta política de inversión en conocimiento para el desarrollo, “logros que hoy parecen ser criticados incluso por quienes ayudaron a gestarlos”. “El avance de la ciencia argentina también surge de otros estudios: el Conicet pasó de la posición 144 que ocupaba en 2009 a la posición 79 en 2014 entre las 5000 instituciones más importantes de CyT del mundo (SIR Global Report 2014)”, remarca este investigador superior, quien con respecto a la transferencia de estos conocimientos hacia la sociedad, remarca que según el indicador de producción de conocimiento para la innovación tecnológica, que marca cuántas veces los trabajos generados por una institución son utilizados en patentes internacionales, “el Conicet avanzó del puesto 339 en 2009 al 191 en 2014”. Un dato impactante de este informe es que “el conocimiento generado en la Argentina es usado por los desarrolladores internacionales de tecnología, pero no por los productores locales, que muestran poco interés en apropiarse del conocimiento para innovar”.

Salvarezza destaca que esto ha sido posible porque el Estado demostró interés en desarrollar tecnología y que eso fue clave para que los científicos argentinos “lograran desarrollar tecnología espacial (Arsat-CNAE-Invap, VENG), nuclear (CNEA, NASA); alimentaria, con el desarrollo de semillas (Conicet-UNL-Bioceres), además de numerosos productos biotecnológicos para la salud (Conicet) que esperan poder ser transferidos. Estas tecnologías son sólo dominadas por un selecto club de naciones y ningún país de América latina es capaz de poseerlas en su conjunto”.

Hace apenas seis meses, se preguntaba qué iba a pasar con todos estos logros con el gobierno de Cambiemos. La respuesta ya está a la vista. Sin financiamiento, con recortes en el área, sin recursos humanos ni salarios dignos, con reducción de becas, el escenario cambia dramáticamente y, en consecuencia, el liderazgo que el país alcanzó en la región y el reconocimiento internacional muy probablemente comenzará a mermar. Quizás el Gobierno piense que la ciencia argentina es cara y que mejor negocio sería importarla a precios más convenientes. Se trata de una visión sesgada. Porque si los logros en la materia son el resultado de una decisión política, también lo son el retraso y sus consecuencias futuras. Un país que no invierte en conocimiento para su desarrollo autónomo, independiente está condenado al fracaso. Apoyar la lucha de los investigadores y científicos argentinos contra el ajuste es apostar por el futuro y, principalmente, por la soberanía tecnológica.

*Sociólogo y periodista.

 

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