01/03/2017 Columnista

Macri en el Congreso: dudas que persisten

Por Atilio A. Boron. El discurso de Mauricio Macri en la inauguración del período de sesiones ordinarias del Congreso Nacional careció de anuncios significativos. Se dedicó a enunciar buenos propósitos sobre los cuales hay poco disenso.

¿Quién podría oponerse a la reducción de la tasa de inflación o el nivel de la pobreza? Otra parte fue destinada a fustigar al gobierno de Cristina Fernández, re-editando el argumento de la “pesada herencia” luego de quince meses de gobierno. Agradeció a los argentinos por su paciencia porque “para conseguir los cambios que necesita el país hace falta tiempo.” Pero el tiempo es un bien precioso en la política, y el presidente no tiene mucho para gastar. Las elecciones de medio término se vienen a paso acelerado y si bien cualquier cambio requiere tiempo, el problema con la gestión del gobierno nacional es que sectores mayoritarios de la ciudadanía cree que los que hasta ahora se produjeron y los que se insinúan no se encaminan en la dirección correcta sino todo lo contrario: tienen una intencionalidad claramente restauradora de los años del “capitalismo salvaje” más que la pretensión de lograr la tan publicitada “pobreza cero” o la recomposición salarial de los maestros.

Obviamente, estos discursos inaugurales de los presidentes o jefes de estado –aquí y en todo el mundo- no se caracterizan precisamente por su contenido autocrítico. Basta con repasar los que pronunciara Barack Obama en los últimos ocho años para comprobar la veracidad de lo que venimos diciendo. Sería bueno que las cosas fuesen de otro modo, pero no lo son. En todo caso lo que sí se le podría reclamar al presidente es que en su discurso abundaron los “qué” y escasearon los “cómo”. ¿Cómo se va a reactivar la economía, por ejemplo?, o ¿cómo se evitará la escalada de la desocupación?, o ¿cómo se revertirá la caída del salario real? Y también se le podría reprochar por los frustrados anuncios formulados en el pasado sobre la “lluvia de inversiones” que no se produjo o la bonanza que nos aguardaba en el segundo semestre del 2016 y que no acudió a la cita.

Es evidente que el gobierno nacional ingresa en un período clave para su sustentabilidad, y que los números de la macroeconomía y más aún, los de la micro (que repercuten con más fuerza en los bolsillos de la población) están lejos de ser tranquilizadores. Un país con salarios reales fuertemente devaluados y precios que sitúan a la Argentina entre los países más caros del mundo no es el mejor escenario posible para cualquier oficialismo que aspire a recibir un renovado voto de confianza en elecciones de medio término. Tampoco ayudan la sospecha que cunde en la opinión pública en el sentido de que la tan denunciada corrupción del gobierno anterior –tema que fue enfatizado por enésima vez en el discurso del presidente- reaparece ahora bajo otros nombres y diferentes circunstancias en el gobierno actual: casos de los Panamá Papers, el Correo Central, Avianca, las amigos y parientes adjudicatarios de la obra pública, para no citar sino los más resonantes, al igual que la sensación muy difundida entre la ciudadanía que la Casa Rosada hace uso y abuso del “ensayo y error” como método de gobierno. Es loable que la autoridad reconozca que no es infalible y que se puede equivocar. Pero existe en la sociedad la sensación de que este gobierno se equivoca con demasiada frecuencia, y siempre en un sentido contrario al bienestar de las grandes mayorías. Todo este cúmulo de factores operando en el marco de un sistema internacional en crisis y de la remezón mundial producida por el viraje proteccionista de Estados Unidos configura un desafío de proporciones para el futuro político del actual gobierno. El discurso pronunciado el día de hoy en el Congreso no aporta elementos para otorgar  una pátina de credibilidad al optimismo que promueven los despachos del oficialismo y los cuadros dirigentes de Cambiemos.

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