18/04/2017 Columnista

El “orden mundial”: colapso y después

El bombardeo a una base aérea en Siria, el lanzamiento de la “superbomba” en Afganistán y las tensiones en la península coreana reflejan la gravedad de la actual disyunción entre el orden mundial y el sistema internacional. 

Es más: hace ya un tiempo que algunos analistas vienen insistiendo en que el orden mundial del pasado ya ha dejado de existir y que el mundo se encuentra a la deriva. Aquél había emergido en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial cuando en San Francisco, en 1945, tuvo lugar la creación de las Naciones Unidas. Si esta reflejaba la correlación de fuerzas prevaleciente en el terreno político, militar y diplomático, en el económico el mundo en ruinas y la gravitación de los diferentes países quedaron plasmadas con la creación, un año antes, del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Aquel era un mundo que giraba en torno a dos superpotencias militares, Estados Unidos y la Unión Soviética, pero donde sólo el primero lo era a su vez en el plano económico. A la salida de la Segunda Guerra Mundial, el PBI de Estados Unidos era aproximadamente la mitad del PBI mundial. Europa y Japón devastados y la Unión Soviética en ruinas configuraban un deprimente panorama económico y político que se completaba con un mundo colonial en acelerada descomposición y sumido en el subdesarrollo.

Este complejo arreglo fue, pese a sus tensiones y a las frecuentes crisis que estallaban en diversas coyunturas, eficaz para contener los graves conflictos suscitados cuando la alianza triunfante en la SGM se deshizo y dio lugar a la Guerra Fría. La Guerra de Corea (1951-1953) que terminó con la partición de ese país en dos estados y la Crisis de los Misiles precipitada en Octubre de 1962 cuando Washington descubrió bases de lanzamiento de misiles soviéticos emplazados en la isla de Cuba fueron dos hitos que pusieron al mundo al borde de una guerra termonuclear. Si ese no fue el desenlace se debió a que todavía en esos años las instituciones y la normativa internacionales vigentes conservaban una cierta capacidad para procesar estos conflictos y evitar lo que podría haber sido una catástrofe de alcances planetarias.

Desafortunadamente esa no es la situación en la que nos encontramos hoy. La correlación mundial de fuerzas ha cambiado dramáticamente: Estados Unidos ha reducido su participación en el PBI mundial a la mitad al paso que su presupuesto militar creció desorbitadamente pese a lo cual no le sirve para recuperar su hegemonía de antaño. Puede destruir países: la ex Yugoslavia, Libia, Irak, Afganistán pero no ganar las guerras porque esto supone una ocupación efectiva del territorio conquistado y su normalización para posibilitar la apropiación de sus recursos. La debilidad internacional de la Unión Europea y el Japón complican aún más este panorama. Por otra parte China ha reaparecido en los primeros planos de la política mundial impulsada por su fenomenal crecimiento económico y Rusia, luego de la implosión de la Unión Soviética ha hecho lo propio favorecida por sus enormes reservas energéticas y su condición, aún incólume, de superpotencia nuclear. Pero lo más decisivo y amenazante fue la pérdida del monopolio nuclear en manos de un puñado de estados y la aparición de actores subnacionales o el crimen organizado que se apropiaron de una parte del arsenal atómico o que desarrollaron nuevas armas de destrucción masiva y que están dispuestos a utilizarlas para promover sus agendas. Los anquilosados mecanismos del viejo orden mundial ya no tienen la capacidad de antaño para contener las contradicciones que se agitan en su seno. Aquel perdió legitimidad y eficacia entre otras razones porque quienes con más frecuencia violan sus reglas son las grandes potencias, comenzando por Estados Unidos. Los bombardeos  a Siria y Afganistán no autorizados por el Consejo de Seguridad podrían ser el tiro de gracia para este agonizante orden mundial y señalan la urgencia de una nueva arquitectura política y diplomática internacional. Ojalá que la actual escalada en la península de Corea no termine desencadenando un holocausto nuclear que, sin dudas, pondría en peligro la supervivencia de nuestra especie y sumiría al sistema internacional en un caos de violencia sin precedentes en la historia, dada la mortífera capacidad que hoy poseen las armas y el abandono de cualquier principio moral que restrinja la letalidad de una política basada exclusivamente en la fuerza.​

Por Atilio A. Boron.

 

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