10/10/2017 Columnista

La barra de la Selección

Por Facundo Martínez. La Selección Argentina se juega por estas horas su última chance para conseguir un pasaje (o al menos medio) para ir al Mundial de Rusia 2018. 

Si eso ocurre habrá un desborde de alegría, producto de la combinación entre la dureza de la situación inicial, de la angustia e incertidumbre que reinó durante los últimos cinco días, y la descomprensión que supondría el hecho de que, aún en las peores condiciones posibles, se lograra el ansiado objetivo. El peor escenario, que, sin dudas, sería quedarse afuera de la cita mundialista a pesar de tener en el equipo al mejor jugador del mundo, llamará a la reflexión, a revisar qué cosas se hicieron bien y qué cosas se hicieron mal. La victoria, en cambio, disparará probablemente la mirada hacía el próximo objetivo y dejará atrás los obstáculos que se presentaron en el camino. Hay un gran peligro en eso.

Cualquiera sea el resultado del partido contra Ecuador en Quito, se clasifique o no la Selección al próximo mundial, hay algo sobre lo que los argentinos no podemos dejar de posar nuestra mirada, y tiene que ver con la violencia del fútbol, con el poder que tienen las barras bravas producto de la connivencia con la dirigencia, con la policía y con los políticos, quienes los utilizan a conveniencia.

El traslado del partido frente a Perú del estadio Monumental a La Bombonera desnudó nuevamente esa relación. La barra brava de Boca cambió sus colores azul y oro, se vistió de celeste y blanco para alentar al equipo de Jorge Sampaoli que, a pesar de todo, terminó empatando sin goles y quedó obligado a ganar en la altura de Quito para no comprometer su clasificación a la combinación de otros resultados. 

No fue infalible el aliento barra brava, como quizás lo imaginaron un puñado de dirigentes, entre ellos el presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia y el presidente de Boca, Daniel Angelici. Y si acaso sirvió para algo el cambio de escenario fue para resaltar los mecanismos que semana tras semana se ponen a funcionar para sostener la relación de la dirigencia, la policía y las barras bravas.

Debieron tomar nota los funcionarios del Ministerio de Seguridad que trabajan en el área de los espectáculos deportivos. Si bien es cierto que los líderes de La Doce, Rafael Di Zeo y Mauro Martín, y varios de sus generales, sobre los que pesa una restricción de dos años para ingresar a cualquier cancha a raíz del procesamiento en una causa por encubrimiento de otro barra -Maximiliano Oetinger, acusado del secuestro de un jubilado-, la tribuna Natalio Pescia, como ocurre cada vez que juega Boca en su cancha, estuvo atestada de barrabravas xeneizes, con banderas y símbolos propios con los que marcó su territorio. Claro que la barra no sólo alentó a la Selección, participó también de un enorme negocio, que incluyó el control de las zonas aledañas al estadio, los estacionamientos y la reventa de entradas.

Desde el Mundial de Sudáfrica 2010, la barra de Boca se había alejado de la Selección. Ajenos a la agrupación fogoneada por el kirchnerismo “Hichadas Unidas Argentinas”, una suerte de confederación barrabrava, los xeneizes al igual que los violentos de San Lorenzo se mantuvieron al margen. El alejamiento duró, con excepción de la final del Mundial de Brasil, prácticamente hasta ahora. Pero con Angelici pisando fuerte en la AFA, como vicepresidente primero, la historia cambió y La Doce cambió también sus colores, al menos por un rato.

Fue curioso ver frente a Perú la magnitud de la barra brava xeneize. El sistema de venta de entradas hubiera impedido la concentración de hinchas violentos que se pudo observar en la Bombonera. Por lo tanto, quedó en evidencia que no se trató de algo milagroso sino que a los violentos les otorgaron más de 4.800 entradas para que alentaran sin parar a la Selección; para peor, algunas de ellas salieron del protocolo de la AFA con destino a personas con alguna discapacidad.

El diario Tiempo Argentino reprodujo el diálogo de Angelici con sus interlocutores barrabravas: “Yo me la jugué por ustedes. Ahora ustedes se la tienen que jugar por mí. Que no haya quilombos ni puteadas a los jugadores. Alienten, exploten la Bombonera”, fue el pedido.

Vaya si lo hicieron. Alentaron y explotaron al máximo los negocios que se arman alrededor de un partido como este. Revendieron entradas, cobraron el estacionamiento a un promedio de 300 pesos por auto. El negocio redondo es estimó en unos 10 millones de pesos de ganancias.

Advertidos por los medios de comunicación del operativo clamor pergeniado por Tapia –confeso hincha de Boca- y Angelici, desde el ministerio de Seguridad se siguió de cerca el desarrollo del partido y todo lo referente al operativo de seguridad. A los hinchas comunes se les aplicó el procedimiento del programa Tribuna Segura. Ninguno puedo entrar si presentar el documento. Eso fue a raíz de un convenio que el Ministerio obligó a firmar a la AFA. De todo lo demás se hizo la vista gorda. Guillermo Madero, titular del área de seguridad en eventos deportivos del ministerio de Seguridad, tiene la orden del presidente Mauricio Macri y de la ministra Patricia Bullrich de combatir a los hinchas violentos. Al parecer, la dirigencia de Boca no parece dispuesta a colaborar. Lo que se haga con todo esto, es por ahora un misterio.

Todo esto ocurrió a horas de la visita del presidente de la FIFA, el italo-suizo Gianni Infantino, a Buenos Aires donde se reunió con los presidentes Macri, Tabaré Vázquez (Uruguay) y Horacio Cartés (Paraguay), los tres países que impulsan su candidatura conjunta como organizadores del centenario Mundial de 2030.

La Argentina no pudo ganarle a Perú. Y esta noche se jugará en la altura de Quito frente a Ecuador su clasificación al Mundial de Rusia 2018. Independientemente del resultado, la AFA ya perdió su partido contra los violentos de siempre, a los que convirtió en aliados circunstanciales, a los que les llenó los bolsillos de plata a cambio de un aliento que, por supuesto, está lejos de ser incondicional.

*Sociólogo y periodista.

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