11/10/2012 Columnista

Integración latinoamericana lenta, pero en marcha

Por Atilio A. Borón. Uno de los datos definitorios de la actual realidad internacional es la acelerada conformación de grandes bloques económicos regionales, requisito indispensable para enfrentar con algunas posibilidades de éxito los desafíos que plantea un capitalismo en crisis, cada vez más globalizado y en el cual la competencia internacional se ha acentuado hasta límites pocas veces vistos en la historia económica reciente.

Los europeos fueron los primeros en advertir las ventajas de la integración poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Alentada por los éxitos registrados en Europa (y tal vez subestimando las dificultades de este proceso, hoy evidentes en la actual crisis de la eurozona) América Latina trató de promover desde los años sesentas no uno sino varios proyectos de integración: ALALC, Mercado Común Centroamericano, Caricom, Pacto Andino, pero ninguno pudo reproducir la exitosa experiencia europea.

El Mercosur es un salto cualitativo, pero sus asignaturas pendientes -bajo nivel de institucionalización, sesgo a favor de las transnacionales, etcétera- frenan la dinámica integracionista. Mientras, Estados Unidos se las ingenió para crear un Área de Libre Comercio con Canadá y México y, en los últimos años, China está haciendo lo mismo en la región Asia-Pacífico. ¿Por qué se frustraron en América Latina estos proyectos? Conspiraron en su contra varios factores: en primer lugar el altísimo nivel de heterogeneidad económica de la región, que incluye desde el país más pobre y subdesarrollado del hemisferio Occidental, Haití, hasta una de las mayores economías del mundo, como Brasil. Segundo, la vulnerabilidad externa de nuestras economías, sumamente dependientes -sobre todo en el caso de las más débiles- de la “ayuda” que reciben de distintos programas de cooperación internacional, sobre todo de Estados Unidos, y de la “benevolencia” de la potencia del Norte para abrir sus mercados a las exportaciones de esos países y para recibir a sus migrantes.

Es bien sabido que desde la antigüedad clásica en adelante, los imperios -Atenas, Roma, Lisboa, Madrid o Londres- han tenido como su divisa la fórmula divide et impera. En nuestra época Estados Unidos ha seguido al pie de la letra esta política desalentando los procesos integracionistas desde sus estadíos más embrionarios o incipientes consciente de que nada hay más peligroso para la estabilidad de un imperio (y los propios tanques de pensamiento conservador de EEUU así califican a su país) que la conjunción de sus colonias, o neocolonias como en el mundo actual. Y aquí interviene un tercer factor, que es lo que le otorga eficacia a la política imperial: la inmadurez o la miopía de la conciencia política de la dirigencia de casi todos nuestros países, que dificulta la tarea de establecer los acuerdos operativos que inevitablemente implican una cesión, si bien parcial, de soberanía.

Influye en estos círculos dirigentes también la errónea creencia de que “negociando por fuera” de cualquier esquema colectivo los desertores obtendrán un trato preferencial de la metrópolis. Las crueles enseñanzas de la historia, sin embargo, demuestran exactamente lo contrario. Cuando estalló la crisis de la deuda, en 1982 algunos gobiernos de la región, entre ellos la Argentina, propiciaron la creación de un “club de deudores” para negociar en mejores términos con Estados Unidos y los países europeos. La iniciativa no prosperó porque mientras Washington organizaba el club de acreedores extorsionaba a los países deudores asegurándoles que obtendrían mejores condiciones renegociando individualmente en lugar de hacerlo colectivamente. El resultado fue desastroso. Hoy contemplamos con prudente optimismo una evolución de la conciencia política de la dirigencia latinoamericana, sabedora de que si nuestros países no se integran y elaboran políticas comunes para enfrentar la crisis el futuro no será precisamente halagüeño. Inclusive Brasil, por mucho tiempo confiado en que su condición de país continental le permitiría avanzar despreocupándose de lo que ocurriera con sus vecinos, ha caído en la cuenta del acierto que encerraban las palabras de un gran politólogo brasileño, Helio Jaguaribe, cuando decía, hace más de veinte años, “que Brasil sólo no puede”. Una verdad cada vez más convincente cuando para sobrellevar el impacto de la crisis nuestros países tendrán que desarrollar una estrategia colectiva de integración que debe ir más allá del modelo originalmente propuesto en el Tratado de Asunción durante el apogeo del neoliberalismo.

Afortunadamente, hay promisorios signos de maduración: un Mercosur más equilibrado y viable, con Venezuela garantizando el autoabastecimiento petrolero de la región; la perspectiva de la ampliación del Mercosur con la probable incorporación de nuevos miembros (Ecuador, Bolivia, ¿Perú, Colombia?) y, por último, la consolidación de la Unasur como una eficaz institución de estabilización sociopolítica regional. Si nuestros gobernantes aprendieron las duras lecciones de la historia tal vez podamos salir airosos de la crisis que hoy por hoy afecta a todos los países del mundo, sin excepción.

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