11/10/2012 Columnista

Venezuela: elecciones rigurosamente auditadas

Por Atilio A. Boron. Las recientes elecciones presidenciales de Venezuela han dejado numerosas enseñanzas. Quisiéramos señalar en esta ocasión sólo una: el perjuicio que ocasiona a la vida política la sistemática distorsión con que la prensa de Estados Unidos presenta al proceso bolivariano y a la figura de su líder, Hugo Chávez Frías.

Distorsión que también encontramos cuando la noticia se refiere a Cuba, Bolivia, Ecuador e, inclusive, a nuestro país y cuyo pernicioso resultado es el envenenamiento de la atmósfera política regional, tensionada más allá de lo razonable por la manifiesta beligerancia con que Washington trata a los países cuyos gobiernos no se alinean automáticamente con sus intereses.         

En el caso venezolano la agresión de la “prensa seria”, para no hablar de los pasquines de la derecha radical, ha sido impresionante. ¿Cómo explicar que Dan Rather, durante 24 años presentador del noticiero estelar de la CBS, se refiera a Chávez como “el dictador”? Esta caracterización, compartida por todo el aparato mediático estadounidense (salvo rarísimas excepciones) reverbera luego por toda Latinoamérica en donde poderosos y casi omnipotentes oligopolios mediáticos imponen su agenda y su línea política.

En EEUU esos medios hicieron caso omiso de las palabras del ex presidente Jimmy Carter cuando dijo que “de las 92 elecciones que nuestro Centro ha monitoreado el proceso electoral en Venezuela es el mejor del mundo”. En ese país el voto electrónico se combina con una papeleta, similar a la que emiten los cajeros automáticos, que se deposita en una urna. Ambos resultados, el de la máquina y el de la urna deben ser idénticos a la hora del escrutinio.

La calidad de una democracia no se mide por las opiniones, de la prensa, los partidos o el gobierno, sino por la capacidad de la ciudadanía para controlar y auditar las distintas etapas del proceso electoral. En Venezuela el manejo del voto es exclusivamente hecho por el elector, que además tiene un reconocimiento dactiloscópico por la máquina. No hay terceros que puedan entregar un sobre con una boleta adentro. La opción elegida por el ciudadano se registra en una memoria fija en cada máquina, en otra removible y en la ya mencionada papeleta que se deposita en la urna. No hay la posibilidad de que “falten boletas” o de que ante la ausencia de fiscales el recuento de los votos se haga de manera fraudulenta. En otras palabras, así como en el ejercicio de la función pública una meticulosa auditoría es condición necesaria de su transparencia y honestidad administrativa, no otra cosa ocurre con el proceso electoral.

La satanización de la figura de Chávez en la prensa de Estados Unidos no sólo ignora los adelantos de su sistema electoral sino que alimenta actitudes antidemocráticas que afortunadamente no pasaron a mayores gracias a la los 11 puntos percentuales con los que Chávez aventajó a su contrincante. Pero, ¿qué hubiera pasado si cualquiera de los dos candidatos triunfaba por el uno o dos por ciento en medio del clima de sospechas y agresiones arriba descripto? Lo más probable es que algún sector político hubiera desconocido el resultado de las urnas y promovido graves disturbios. Dos conclusiones: una, que sería bueno que en la Argentina aggiornásemos nuestro arcaico y viciado sistema electoral. Dos, un tema complejísimo: que la calidad de la prensa también debe ser auditada y controlada para impedir que sea un estímulo a la violencia política.

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