22/11/2012 Columnista

Una necesaria reforma democrática

Por Atilio A. Boron. La ajustada re-elección de Obama es un buen motivo para compartir una reflexión sobre los alcances y límites de la democracia en Estados Unidos. Cada vez gana más adeptos la tesis que afirma que conviven allí dos gobiernos: uno transitorio, surgido del proceso electoral, y otro, mucho más importante, permanente, de facto, elegido por nadie y responsable ante nadie.Es éste, y no el anterior, el que toma las decisiones fundamentales y establece eso que suele llamarse “políticas de estado” y que luego ponen en marcha el Ejecutivo y el Congreso.

Abona esta interpretación el famoso Discurso de Despedida que pronunciara, en cadena nacional de radio y televisión, el Presidente Dwight Eisenhower el 17 de Enero de 1961, tres días antes de entregarle la presidencia a John F. Kennedy. En su discurso el anciano general alertaba a sus conciudadanos del inmenso poder adquirido por el complejo militar-industrial a partir de la Segunda Guerra Mundial y manifestaba que el influjo de esa nueva coalición empresarial y militar era tan grande que no había rama o nivel de la administración pública que escapara a su influencia, lo cual entrañaba el peligro del “desastroso surgimiento de un poderío que ya existe y que persistirá a lo largo del tiempo.”

Mientras el paso del tiempo no hizo sino acrecentar la gravitación del gobierno permanente, los circunstanciales gobiernos instalados por el voto popular no hicieron sino debilitarse frente a las fuerzas de los mega conglomerados empresariales y a su articulación en torno al complejo militar-industrial y los sectores ligados al mundo de las finanzas. La historia además enseña los riesgos que conlleva cualquier tentativa de oponerse a los designios de las clases dominantes, tanto ayer como hoy. Tres de los cuatro presidentes asesinados en los Estados Unidos habían tenido la imprudencia de expresar opiniones consideradas como “impropias” para los poderes establecidos. Abraham Lincoln dijo poco antes de ser ultimado que “tengo dos grandes enemigos: el Ejército del Sur frente a mí y los banqueros a mis espaldas. De los dos, los de atrás son los peores.” James Garfield declaró que: “Quienquiera que controle el volumen de dinero en cualquier país es el amo absoluto de la industria y el comercio” (Garfield fue asesinado en 1881, a escasos cuatro meses de haber asumido la presidencia). Kennedy, en línea con el discurso de su predecesor, había mostrado su grave preocupación ante el hecho que “La oficina del Presidente ha sido usada para fomentar un complot para destruir la libertad de los americanos y antes que deje la Presidencia debo informar a los ciudadanos de este estado de cosas”.

Por eso el silencio de los candidatos en materia de política exterior (apenas alguna referencia aislada a Medio Oriente y, especialmente Israel, fogoneada por Romney) revela lo obvio: ese no es un tema que deba discutirse en público y ante la ciudadanía. La “política de estado” ya fue establecida por el gobierno permanente, que no tiene el menor interés en que asuntos de importancia nacional sean ventilados en debates electorales. Lo mismo cabe decir de la decisión de rodear América Latina y el Caribe con bases militares, cosa que ni remotamente será sometida a un escrutinio democrático; o del incondicional apoyo al régimen fascistoide israelí; o de la exorbitante escalada del gasto militar estadounidense y de la decisión de asesinar selectivamente opositores en terceros países utilizando aviones no tripulados, aún en los casos en que esos países no estén en guerra con Estados Unidos, como es el caso de Yemen, Pakistán o Palestina.

Estos son “asuntos serios” en los cuales, como lo recuerda Noam Chomsky, la “chusma” no tiene razón alguna para ser informada y, mucho menos, decidir. Y en asuntos domésticos la situación es igual: ¿cómo se le va a preguntar a la ciudadanía en un referendo si prefiere salvar a los estafadores seriales de Wall Street y sus compinches o a quienes quedaron en la calle al no poder pagar sus hipotecas? Es obvio que un asunto tan delicado como este no puede quedar librado a los volátiles humores de una plebe fácilmente manipulable por un demagogo irresponsable. Ojalá que cuando, ya re-electo, Obama dijo que “ahora se viene lo mejor” haya pensado en reformar al régimen democrático de Estados Unidos para que el gobierno elegido por el pueblo, y no el otro, sea quien fija las prioridades políticas y el rumbo de esa nación.

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