27/03/2013 Opinión

Francisco, el Papa político

Por Facundo Martínez*. La elección del ahora ex cardenal primado de Argentina y ex arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, como Sumo Pontífice conmovió por distintas razones no sólo a los argentinos, sino a toda la iglesia católica. Tanto su sorprendente y, por qué no decirlo, inesperada designación, como la elección de su nuevo nombre, Francisco –cuya inspiración le viene dada por San Francisco de Asís, un nombre que ningún otro Papa había tomado hasta ahora-, resulta un dato interesante para entender el contexto y las necesidades que llevaron a los cardenales que participaron del cónclave en la Santa Sede a elegir al argentino entre sus pares.

El cardenal francés Jean-Pierre Ricard, explicó ante la prensa que la Iglesia buscaba un Papa capaz de ser pastor y al mismo tiempo una persona llena de espiritualidad, y lo resumió con estas palabras precisas: “Con el cardenal Bergoglio hemos encontrado ese tipo de persona. Es un hombre con mucho intelecto, pero también un hombre de gobierno”.

En sus primeras apariciones como Papa, Francisco dejó en claro cuál es la Iglesia que pretende guiar. Ni tan carismático como el fallecido polaco Karol Wojtyla, Juan Pablo II, ni tan dogmático como el teólogo alemán Josep Ratzinger, Benedicto XVI; el flamante Papa argentino –el primero no europeo en 1300 años de historia- resultó ser para los cardenales la persona más adecuada para conducir una etapa claramente política de la Iglesia Católica Apostólica Romana, acorde a los tiempos difíciles que atraviesa, ya que se encuentra sumida en una profunda crisis económica, salpicada de escándalos de corrupción y dividida por una dura interna de la Curia Romana que llevó a la renuncia de Benedicto XVI, hoy Papa Emérito; renuncia que, sin dudas, conmovió profundamente a los 1.200 millones de católicos en el mundo entero porque ningún otro papa había dimitido en los últimos 600 años de historia.

En su vertiente de corte pastoral, es decir afecto al llano, a los fieles, Francisco deberá impulsar profundos cambios estructurales. Quienes lo conocen de cerca, aseguran que a lo largo de su carrera religiosa ha sostenido un tono crítico con sectores privilegiados de la Iglesia, con las finanzas del Vaticano y con el Instituto para las Obras de Religión, y se supone también que continuará la lucha que comenzó Benedicto XVI contra los pedófilos en la Iglesia, cuya protección durante el papado de Juan Pablo II desató mares de críticas. Un indicador de que Francisco tomará este camino, lo dio su amigo y hombre de confianza el cardenal brasileño Claudio Hummes, quien tras la consagración del argentino apuntó que: “la Iglesia, la Curia Romana, precisa urgentemente ser reformada. Así como está la Iglesia ya no funciona más”.

Ya con sólo prestar atención a su primera conferencia como Sumo Pontífice, ante unos 5000 periodistas de todo el mundo, en una charla en la que remarcó la importancia del rol de los medios de comunicación, no quedan dudas de la orientación que tendrá su misión: “Me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”, anunció este hijo de un obrero ferroviario, de 76 años, quien pese a haber alcanzado el cargo más importante dentro de la Iglesia Católica, sigue calzando sus viejos zapatos y no las sandalias del pescador, y que en sintonía con la imagen de austeridad de la que pretende impregnar a sus seguidores deslizó sobre la residencia papal: “es muy grande para mí”.

He aquí una interesante cuestión. Por un lado el compromiso con los más pobres, por otro lado la relación con los poderes políticos y económicos, con los que antes de ser Papa, Bergoglio comulgaba sin aspavientos. Habrá que esperar para ver cómo utiliza su reconocida cintura política para pendular entre intereses antagónicos. Por ahora, la primera campanada ha sonado más cerca de los humildes, de los pobres, a quienes les pidió él mismo su bendición.

En ese sentido, Francisco remarcó que la elección de su nombre es en homenaje a San Francisco de Asís “y su gran testimonio de desprendimiento, aunque también por su contribución a la paz y a la ecología”. Precisamente, San Francisco de Asís había ofrecido hace más de siete siglos una fuerte oposición a la opulencia de la Iglesia. Ahora bien, no resulta artificial el gesto del flamante Papa. Porque incluso como cardenal primado de la Argentina y arzobispo de Buenos Aires, algo que sus afectos remarcan como síntoma de virtud, siempre prefirió imponer su condición de jesuita y llevar una vida austera, que incluía visitar villas, viajar en subte y mezclarse como uno más entre sus compatriotas, o incluso pagar sus propias cuentas como lo hizo incluso después de haber sido ungido como Papa en el hotel donde se hospedó antes del cónclave en el que resultó elegido con la tercera parte de los votos de los 115 cardenales electores.

Los especialistas en cuestiones de la Iglesia no descartan la posibilidad de que, frente a la crisis generalizada de la institución, Francisco convoque a un Concilio, es decir una gran asamblea de católicos de todo el mundo -como ocurrió durante el papado de Juan Pablo II- para debatir los problemas actuales de la Iglesia y encontrar soluciones consensuadas, producto del diálogo y el intercambio de ideas.

Visto como un reformista en el mundo, el perfil de Francisco en la Argentina, sin embargo, tiene un tinte más bien conservador, tal vez por la impronta que le dio su temprana militancia durante los años `70 en Guardia de Hierro, una agrupación de la derecha peronista, y sus lazos siempre vigentes con el poder, al que, sin embargo, no dejó de reclamarle por los pobres.

Su designación traerá consecuencias inmediatas para la Argentina, al menos en lo que respecta a la agenda política en problemáticas como el aborto, el matrimonio igualitario, el uso de preservativos, cuestiones a las que Bergoglio se opuso con vehemencia; no así con problemas como la trata de personas, donde sus pronunciamientos no dejaron lugar a dudas y apuntaron directamente contra la esclavitud sexual, y cualquier otro tipo de esclavitud.

Es un profundo misterio si ahora como Papa, Francisco dirá algo respecto a las acusaciones sobre su vinculación con la última Dictadura militar, a propósito del secuestro seguido de torturas de los curas jesuitas, que estaban bajo su orden, Orlando Yorio y Francisco Jalics; el primero ya fallecido, el segundo recluido en un convento en Alemania, quien a los 85 años, tras la asunción del nuevo Papa, avisó sentirse “reconciliado” por esos hechos, lo que en el universo católico no significa otra cosa que perdonar al prójimo por sus ofensas.

Y habrá que esperar también para ver qué sucede en el futuro con su relación con el Gobierno Nacional. En su histórica pelea con el matrimonio Kirchner, más notoria durante la gestión de Néstor que con Cristina Fernández, con quien su relación, aunque tirante, es mucho más fluida, se ha escrito ahora un nuevo capítulo. Porque incluso la Presidenta optó ahora por dejar atrás los cuestionamientos políticos al cardenal frente a su nueva estatura. Luego de ser la primera mandataria que fue recibida por Francisco, a quien llamó “nuestro Papa, no porque sea argentino, sino porque es de todos los católicos”, la presidenta expresó su satisfacción por el “rasgo distintivo de su sencillez” y también remarcó que lo vio “sereno, seguro, en paz, y ocupado y preocupado por la inmensa tarea y el compromiso de cambiar las cosas que él sabe que hay que cambiar”, y adelantó que lo invitó a visitar el país en junio próximo. La presidenta también señaló la importancia de la elección de un Papa latinoamericano para la región. “El Papa habló de la unidad latinoamericana para lograr la Patria Grande de San Martín y Bolívar”, dijo, y luego, desde el Hotel Edén de Roma, informó que aprovechó el almuerzo, que duró cerca de tres horas, para pedirle a Francisco su “intermediación en el tema Malvinas”, un tema muy sensible para los argentinos.

*Sociólogo y periodista.

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