24/05/2013 Opinión

Un dictador maldito y deshumanizado

Por Facundo Martínez*. La muerte de Jorge Rafael Videla, el dictador más salvaje y cruel de los que se pueda recordar de la historia argentina, conmovió al país. Su final ocurrió en la fría mañana del viernes 17 de mayo, no en su departamento del quinto piso de la avenida Cabildo 639, donde purgó varios años de arresto domiciliario, sino en su celda de la cárcel de Marcos Paz, donde cumplía condena por sus crímenes, aunque apenas unos pocos tenían su sentencia firme, cometidos durante la última dictadura militar.

Fue presidente de facto de la República, pero debido a su accionar criminal fue degradado y no habrá fanfarrias ni honores cuando sus familiares lo entierren en el cementerio de Mercedes, ciudad donde nació el 2 de agosto de 1925.Murió sin arrepentirse de sus crímenes, y sin siquiera colaborar una pizca con la Justicia. Atado a un “pacto de silencio”, se llevó a la tumba información que puede ser clave para dar cuenta del destino de los 30.000 desaparecidos: militantes políticos, gremialistas y estudiantes, en su mayoría jóvenes idealistas, que soñaban con un mundo mejor, mientras la Tiple A asesinaba sin ton ni son y el verdadero poder consentía por conveniencia.

No fue un líder político. Lejos estuvo de serlo. Y si su protagonismo en el derrotero de la historia nacional es, sin duda, insoslayable, fue más que nada por la fruición que parecía obtener de su función de verdugo implacable, de brazo ejecutor que servía a un poder económico que, ya entrado en desgracia, terminó dejándolo sólo, como un paria, seducido y abandonado.

Pero lo cierto es que este ser abominable no murió de golpe, súbitamente, ni siquiera acaso como consecuencia de un cáncer de próstata o del debilitamiento de su propia vejez, sino que fue muriendo lentamente, cada jueves ante las marchas de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, consumiéndose cual leña verde entre las condenas que fue recibiendo desde el inicio de Juicio a las Juntas que impulsó en 1985 el ex presidente Raúl Alfonsín y que -tras la inyección de vida que le otorgaron los indultos firmados por el ex presidente Carlos Menen en los `90-, se acentuó definitivamente con la determinación al respecto del ex presidente Néstor Kirchner, quien a un año de asumir ordenó retirar el cuadro del dictador de las galerías del Colegio Militar de la Nación, y no se detuvo en el acto simbólico sino que, después de anular las leyes de punto final y obediencia debida, que habían protegido a los militares involucrados en delitos de lesa humanidad, propició la reapertura de los juicios por los que hoy son juzgados en todo el territorio argentino todos los acusados de haber cometido crímenes durante la dictadura. Así Videla volvió a ser condenado a cadena perpetua por su responsabilidad en la muerte de 31 presos políticos, y en junio del 2012 condenado a otros 50 años por su participación en el robo de bebés, lo que le revocó el privilegio de la prisión domiciliaria y lo condujo hasta la cárcel común donde murió. 

En eso tenía razón Videla, quien ante un periodista de la revista española Cambio 16, a través de la cual no hace mucho llamó a sus viejos “camaradas” a levantarse en armas contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, afirmó: “Pese a todo, el Juicio a las Juntas creo que fue un error y concluyo ya: nunca debió realizarse. Menen luego desenredó ese error, y nuestro peor momento es con la llegada de los Kirchner al gobierno”. Justamente, el próximo sábado se cumplirán 10 años desde que Néstor Kirchner asumiera la presidencia “para no dejar en la puerta de la Casa Rosada las convicciones”.

Conocido su deceso, el repudió hacia Videla fue generalizado, aunque con matices sorprendentes y hasta comparaciones infelices, en todo el arco político desde la izquierda a la derecha. Y también muy enfáticamente en el ámbito de la cultura. Ni siquiera la prensa a la que durante sus años de terror Videla había beneficiado sin disimulos otorgándole, por ejemplo, el control de la empresa Papel Prensa, es decir aquella misma prensa que falseó y ocultó información, y que calló frente a la puesta en marcha y ejecución del terrorismo de estado, lo acompañó en el ocaso.

Nadie se animó siquiera a reconocerle su labor de celoso guardián dispuesto a matar a quien se interpusiera en la concreción del plan económico que el economista José Alfredo Martínez de Hoz había diseñado para beneficio y conformidad del establishment, contra los intereses del pueblo trabajador. Y -salvando por supuesto las distancias- en este sentido, resulta pertinente remarcar otro hecho ocurrido la semana pasada cuando el ex ministro de economía Domingo Felipe Cavallo reapareció en la escena pública y al mejor estilo Nostradamus, en una nota publicada por el diario Clarín y reproducida por otros medios, señaló, a propósito del proyecto oficial para el blanqueo de dólares, que el contexto económico de la argentina actual tenía similitudes con el que propició el recordado Rodrigazo del año '74, cuya consecuencia fue, entre otros atropellos, el Golpe de Estado del '76 que llevó al poder a la Junta Militar integrada por Videla (Ejército), Emilio Massera (Armada) y Orlando Agosti (Fuerza Aérea). En fin, a buen entendedor... 

Ahora, volviendo a Videla, no hubo condolencias ni siquiera de la controvertida iglesia argentina, con cuya complicidad por acción u omisión, según lo determinó la Justicia en 1985, Videla mató 66 personas; torturó a otras 93 -de las cuales murieron cuatro a causa de los tormentos-; secuestró a otras 306, y robó 26 hijos de desaparecidos, para luego “entregarlos por caridad” a “familias de policías, militares y conocidos” -las palabras son de Videla-. “Mi relación con la Iglesia fue excelente, mantuvimos una relación muy cordial, sincera y abierta, e incluso teníamos capellanes castrenses asistiéndonos y nunca se rompió esa relación de colaboración y amistad”, comentaba el dictador en uno de esos reportajes que concedió a Cambio 16.

Imposible, además de equívoco, es festejar su muerte. Bien lo señaló la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto: “Sentimos alivio porque deja la faz de la tierra un hombre deshumanizado y sin escrúpulos, pero también pesar por las cosas que no dijo”. Lo mismo remarcó el fiscal Pablo Ouviña quien lleva adelante la investigación por la ejecución del denominado Plan Cóndor, causa por la que el martes 14 de mayo Videla se presentó ante un nuevo tribunal para negarse a declarar, en la que fue la última aparición pública. “Con Videla murió un poco de esperanza, por todas las cosas que no dijo y que pudo haber dicho”, resumió el funcionario público.

Le faltó a Videla el remordimiento que sí tuvo el marino Adolfo Scilingo, quien reconoció ante la justicia española los vuelos de la muerte, a través de los cuales muchos de los detenidos en los centros clandestinos eran arrojados al Río de la Plata. No tuvo Videla ni siquiera a sus 87 años el coraje de los grandes hombres de la historia. Lo dijimos antes, y lo repetimos: no lo era.

En estos días de revisión, los argentinos han podido ver al patético monstruo escondido detrás de aquel “excelentísimo señor presidente Jorge Rafael Videla” cuyas apariciones primero en blanco y negro y luego en colores poblaron nuestra infancia. Ahí se lo puede ver, su mente maquiavélica, su cuerpo enjuto, explicando ante la prensa la cuestión de los desaparecidos: “El desaparecido en tanto está como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento x, si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tendría un tratamiento z, pero mientras sea desaparecido no puede tener un tratamiento especial: es un desaparecido, no tiene entidad, no está muerto ni vivo, está desaparecido. Frente a eso no podemos hacer nada”.

No hay nada que festejar, y mucho para seguir adelante, fortaleciendo la Memoria y la Justicia. Aunque sí es para enorgullecerse, como bien señaló por estos días el periodista Osvaldo Bayer, el hecho de la muerte lo encontrara a Videla preso, cumpliendo condena, como el criminal que fue.

*Sociólogo y periodista.

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