18/07/2013 Columnista invitado

Paradojas del tiempo en democracia

Por Luis Rappoport*. Los pasajeros del Titanic, mientras bailaban en la cubierta, miraban a lo lejos la figura del iceberg. Alguna pareja de enamorados tiraría al mar unas copas vacías de champagne mientras se prometía amor eterno. La sombra del iceberg iluminada por la luna, le resultaría particularmente romántica.

Hacia el año 2007, un matrimonio de españoles compraba la casa y el auto de sus sueños, en cuotas y sin poner un euro de anticipo. Estaban confiados. Sabían que su casa y sus sueldos aumentarían su valor, mientras la cuota permanecería fija. 

El miércoles 22 de febrero del 2012 una mujer embarazada subía a un tren del Ferrocarril Sarmiento hacia Once. Hacía planes para el día, para el parto y el futuro de su hijo.

Ninguno de los tres podía haber imaginado el futuro. La pareja del Titanic murió en el naufragio, el matrimonio de españoles perdió el trabajo, la casa y el auto cuando explotó la burbuja inmobiliaria en España y, al cabo se divorció. La mujer embarazada perdió a su hijo en el accidente del tren.

Hay tres cosas en común en los tres acontecimientos: la primera es que ninguno de los protagonistas podía prever el futuro desenlace. La segunda es que, un experto marino con la información adecuada, hubiese podido prever la desgracia y hubiese podido alertar a los pasajeros para que vayan, con tiempo, a los botes; economistas bien informados podían ver lo insostenible de la burbuja inmobiliaria española, e ingenieros ferroviarios con la debida información sabían que había una alta probabilidad de accidentes en el Sarmiento.

Pero la tercera coincidencia es la más inquietante: un minuto antes de la tragedia del Titanic, los pasajeros hubiesen ratificado al Capitán del barco. Antes de la crisis, el matrimonio español votó a Zapatero, y la mujer embarazada a Cristina Fernández. Peor aún: si, con la debida información y fundamentación, alguien hubiese anunciado el choque del barco, la crisis española y la alta probabilidad de accidentes en el ferrocarril, muy probablemente hubiese recibido el repudio de los pasajeros y los votantes españoles o argentinos.

Como muestra basta un botón: prácticamente todos los economistas argentinos apreciaban que la convertibilidad de Cavallo era insostenible. Pero Duhalde perdió las elecciones, que ganó De la Rúa porque el primero expuso esa insostenibilidad y el segundo afirmó que se mantendría la paridad del uno a uno. A rajatabla. Una criteriosa y ordenada salida de la convertibilidad hubiese ahorrado a los argentinos el sufrimiento del 2001/2002, en que las fuerzas del mercado terminaron derrumbando un esquema inviable.

El dilema está planteado ahora en la Argentina frente a las elecciones de este año y frente al recambio que se abrirá en el 2015. Todo el marco de gestión pública de la era K está en crisis: no generamos empleo, perdimos el autoabastecimiento energético, el sistema de transporte está colapsado, la economía está condenada a un largo período de modesto crecimiento, no podemos sostener un esquema irracional de subsidios a las tarifas públicas, la educación está en la peor picada de las historia democrática, el atraso del dólar impide exportar a la industria y a las economías regionales, la inflación es insostenible y, llegaremos al 2015 sin reservas internacionales como para sostener el valor de la moneda.

Eso lo sabemos ahora y muchos especialistas previeron estos resultados. Obviamente no fueron escuchados.

Nuestro problema es construir el futuro respondiendo a las siguientes preguntas: ¿cómo hacer para prever?, ¿cómo incorporar la información y el pensamiento de los especialistas en el proceso de decisión de las políticas públicas?, ¿cómo alertar a la población sobre los peligros, aún cuando esas alertas no sean “marketineras” para los políticos? Las respuestas no son sencillas porque no existen expertos infalibles, la inteligencia es eternamente dubitativa e hipotética, busca confirmación en los hechos y en la investigación sistemática. Y la gestión del estado requiere acción, que no siempre tiene tiempo.

Tres respuestas al dilema

1: La gestión profesional en el Estado, esta es la síntesis entre la política y la inteligencia sistemática.

2: La revisión de pares, en que diversos expertos de cada tema, debaten, critican sus propias conclusiones y recopilan investigaciones sistemáticas de universidades y centros de estudios.

3: Quizás lo más importante: la difusión, lo más abierta posible de la información pública. Para que todos puedan conocer los datos y participar del debate.

Las tres respuestas constituyen tres principios ciudadanos. No evitan los errores, que son propios de toda acción humana. Pero, sin duda, los acotan bastante.

*Socio del Club Político Argentino

Notas relacionadas

Cuando los números mandan


Argentina: una compra innecesaria


La crisis y desaceleración de la industria automotriz


Los precios y la capacidad de control del estado


Barajar y dar de nuevo