04/07/2013 Opinión

Violencia e intolerancia

Por Facundo Martínez*. Se suele decir que lo que sucede en el fútbol no es más que un reflejo de lo que ocurre en la sociedad. Si hay violencia en los estadios, es porque la sociedad es violenta; si hay mafias y corrupción en el deporte, es también porque las hay en la sociedad; y así se podría seguir hasta el hartazgo.

Lo mismo les cabe a las barras bravas aunque, en este caso, no se trata de un reflejo sino de una misma fuerza que se desdobla para percutir en ambas esferas, y eso sencillamente porque en este país nadie parece ser capaz de ponerles freno, al menos para comenzar a debilitar a el monstruo que crearon los dirigentes del fútbol hace más de 50 años y que junto a un puñado de políticos y sindicalistas, que utilizan a los violentos como fuerza de choque para dirimir sus cuestiones internas, continúan alimentándolos, volviéndolos cada vez más voraces. Y esto es un problema cada vez mayor.

Lo ocurrido el último viernes en la asamblea de socios del Club Atlético Independiente no sólo dejó sin palabras al ambiente del fútbol –y resulta muy curioso que casi no se hayan oído palabras de apoyo para el presidente de Independiente, Javier Cantero, más allá del repudio generalizado contra los violentos-, sino también a los funcionarios del gobierno quienes deberían trabajar con mayor determinación para combatir el asunto. El silencio no ayuda nunca. Y por más lejos que funcionarios y dirigentes vean la posible solución para este problema, darle un lugar destacado en la agenda sería al menos un primer paso para encarar una solución. Pero debería ser un debate serio. No precisamente como el que tuvo lugar en estos días en el Congreso de la Nación, en el encuentro “Paremos la pelota”, organizado por la diputada del PRO Cornelia Schmidt-Liermann, donde los propios barras se animaron a presentarse como solución al problema de la violencia con afirmaciones descabelladas como pueden ser asumir públicamente, y sin que nadie los denuncie: “somos el Estado dentro del Estado. ¿Está mal o está bien? No sé, pero es la realidad”. No, ese no puede ser jamás el camino para una solución. A los violentos no se los puede combatir otorgándoles más poder, convirtiéndolos en comisarios de las tribunas. Sería lo mismo intentar apagar un incendio con viento.

Los dirigentes han ensayado, o mejor dicho viven ensayando, diversos mecanismos de contención y en todos estos años no han conseguido otra cosa que no sea fortalecer a los violentos con privilegios o importantes sumas de dinero en forma de entradas, viajes, estacionamiento en las cercanías de los estadios, venta de productos truchos en las mismísimas instalaciones de los clubes y puestos de comidas en las puertas de ingreso. Todo, por supuesto, con la vista gorda de la policía que incluso en muchos casos toma parte en los negocios. Tampoco ayudan en nada los políticos que utilizan a los violentos como fuerzas de choque y después hacen lo posible para despegarlos de los problemas que estos se generan; más allá de que se abren cuando aparece algún muerto, algo que, por otra parte, ya es moneda corriente y más en estos tiempos donde la plata del negocio es tan grande que los barrabravas no se pelean con otros por cuestiones de colores o sentimientos sino entre ellos mismos y por el reparto de las ganancias.

Eso sí, hay algo en lo que se puede coincidir con los líderes de la barra de Talleres, Carlos Pacheco y Darío Cáceres, y su vocero Andrés Torres, quienes el último martes expusieron su fórmula contra la violencia ante un grupo de legisladores boquiabiertos en el Congreso. “Los políticos son unos hipócritas. Hablan de los barras pero después nos llaman siempre”, afirmaron. De lo que no hablaron fue seguramente de la muerte del hincha de Atlanta Matías Cuestas, asesinado a piedrazos por la barra del club cordobés en 2006.

Dirigentes, policía, políticos y funcionarios, por ahí debería comenzar el sinceramiento y los controles. Es necesario tomar el problema por sus cuernos. Porque no hay sistema AFA Plus ni semejante que pueda ponerle yugo a los violentos, mientras estos sigan engordando a causa de la desidia y la ineficiencia de las autoridades. El último viernes no hubo muertos. Volaron sillas y mesas dentro del gimnasio de la sede de Independiente, pero solo quedaron en el piso unas pocas gotas de sangre en medio de empujones y gritos. Tuvo suerte Juan Spinelli, un dirigente con discapacidad motriz que se quedó solo arriba del escenario, desamparado ante a la lluvia de objetos arrojados por los barrabravas que ingresaron a lugar a pesar del control que debía ejercer la policía bonaerense y no lo hizo.

También hubo ataques contra la prensa. Los violentos cortaron los cables de las cámaras de TV para que no se transmitieran los actos de barbarie que, según el propio Cantero, fueron alentados por dirigentes de la oposición como Noray Nakis y los dirigentes sindicales Hugo y Pablo Moyano, con quienes mantiene un duelo verbal en tono mayor desde las últimas tres semanas. El día de furia roja fue considerado como un intento de Golpe de Estado contra la dirigencia oficialista del Rojo que todavía tiene dos años y medio más de mandato. Y una represalia también porque el equipo perdió la categoría y jugará el próximo torneo en la B Nacional. Le exigen los opositores y los violentos a Cantero que de un paso al costado y están en su derecho de hacer oír sus reclamos, pero no de esta manera, no con prepotencia e intolerancia. El día en que por esta vía, la de la violencia y la intolerancia, se logre algún resultado no habrá nada que hacer para recomponer a este futbol argentino enfermo y que ya no puede ocultar su estado terminal, a pesar de que aún son muchos los que eligen mirar para otro lado, patear la pelota lejos, para no ensuciarse.

*Sociólogo y periodista.

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