10/10/2013 Columnista

Sin salida: Dilma deberá comprar los Sukhoi

Por Atilio A. Boron. Los recientes acontecimientos de la escena internacional –la crisis Siria, el fiasco de las amenazas del tandem Obama-Kerry y la vertiginosa reaparición de Rusia como un actor de primer orden en el tablero geopolítico mundial- son pródigos en múltiples derivaciones. Quisiéramos en esta ocasión examinar una de ellas, particularmente referida a América Latina: el desaire de Dilma Rousseff a Barack Obama al cancelar, unilateralmente, su presencia en la única visita de estado dispuesta por la Casa Blanca para el corriente año. Pocas veces el gobierno de Estados Unidos fue humillado de esa manera.

Pero era apenas cuestión de tiempo para que algo así tuviera que ocurrir. La gravedad de las acusaciones lanzadas por la presidenta brasileña, sobre todo en lo tocante a un delito común, penado por todas las legislaciones como el espionaje industrial, efectuado sobre la más importante empresa del Brasil, no podía sino tener la respuesta que tuvo.

Pero más allá de este incidente, de inusitada gravedad aunque ambas partes traten de disimularlo, hay algo mucho más importante: lo ocurrido puso en evidencia que Brasilia no podrá ni soñar con re-equipar su fuerza aérea –esencial para preservar los intereses nacionales de Brasil en la gran cuenca amazónica y subamazónica- con aviones producidos en los Estados Unidos. Hace ya unos seis años que la fuerza aérea, la cancillería, el ministerio de defensa de Brasil y otras agencias federales involucradas en el tema vienen discutiendo a quien comprarle los aviones para modernizar su flota de combate.

Ni siquiera Lula pudo quebrar un empate que no es exagerado caracterizar como catastrófico debido a la indefensión en que quedan las enormes riquezas de la Amazonía, área, vale la pena recordar, en la cual tienen intereses aparte de Brasil otros siete países. Hasta hace poco más de un mes el gobierno brasileño jugaba con dos alternativas: los F-18 Hornet, originalmente fabricados por la firma norteamericana McDonnell Douglas (recientemente adquirida por la Boeing) o el Rafale fabricado en Francia por la firma Dassault Aviation. Quienes se inclinaban por la primera alternativa aducían que Brasil se favorecería de la continuidad entre los viejos cazas norteamericanos y la versión más actual de los mismos. Sus oponentes argumentaban que los Rafale garantizaban un mejor rendimiento y menores costos de mantenimiento.

El grave problema que tenía la adquisición de los 36 nuevos cazas a los Estados Unidos era la posibilidad de que, en caso de un conflicto entre Brasilia y Washington, éste hiciera con Brasil lo que hizo hace poco más de diez años con la Venezuela Chavista y con quienes se opongan a sus designios: decretar un embargo a la venta de partes y repuestos y, lo que es más importante, de los sistemas computarizados de navegación y combate, que como los software de las computadoras, se renuevan cada pocos meses. Bastaría con que en el caso de un diferendo la Casa Blanca decidiera embargar simplemente el envío de las nuevas versiones de esos sistemas para que esos aviones quedaran prácticamente inutilizados. Si lo hizo con Chávez, ¿por qué no habría de reincidir en esa conducta en el caso de un conflicto que pudiera surgir con Brasil?

Téngase en cuenta, para calibrar la probabilidad de este tipo de controversia, que el gigante sudamericano es el país de la región más rodeado por bases militares estadounidenses: 25 en total. En consecuencia, la posibilidad de un pico de tensión entre Brasilia y Washington por la disputa de las enormes riquezas albergadas en la Amazonía no es para nada marginal. Es más, diría que sólo es cuestión de tiempo para que tal cosa ocurra. Ante ello algunos actores de este proceso decisorio comenzaron a inclinarse por los Rafale, hasta que … el presidente François Hollande sorprendió al mundo cuando -aún después que el Parlamento Britànico decidiera no acompañar los plances belicistas de Obama para atacar a Siria- anunció que estaba dispuesto a hacerlo, con lo cual surgió de inmediato la siguiente pregunta: ¿qué garantías podría tener Brasil de que, ante un diferendo con Estados Unidos, el gobierno francés no se inclinaría solícito ante un pedido de la Casa Blanca de bloquear el envío de partes y software  para los Rafales? Si hace pocas semanas Hollande demostró su incondicional complicidad con un plan criminal como el bombardeo de Damasco, ¿por qué pensar que actuaría de modo diferente en caso de un conflicto abierto entre Brasilia y Washington?

Así las cosas, lo único que puede garantizar la soberanía militar de Brasil es adquirir sus aviones en un país que, por razones de su propia estrategia diplomática -que no necesariamente Brasilia debería compartir en un ciento por ciento- bajo ninguna circunstancia se plegará a los mandatos de la Casa Banca. El debate sobre quién suministrará los nuevos aviones que Brasil necesita ha llegado a un punto completamente inesperado, y no se advierte como la presidenta Rousseff podría hacer otra cosa que negociar el reequipamiento de su fuerza aérea con los ultramodernos Sukhoi rusos, aunque sea más por necesidad que por convicción. Pero después de los espionajes el riesgo que entraña la dependencia militar de Estados Unidos –o de un aliado incondicional de Washington- es demasiado grande. Como se dice en la jerga de los videojuegos de guerra: “game over.”

 

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