10/02/2014 Columnista

Una corriente intelectual y moral

Por Facundo Martínez*. Los argentinos hemos vivido estos últimos días convulsionados por la devaluación, que se precipitó a partir de las presiones insostenibles de los grandes poderes financieros. El Gobierno, que siempre buscó evitar este tipo de salidas, no tuvo más remedio que subir el valor del dólar oficial en el orden de los 8 pesos y, tras una semana de corridas de precios, ajustes, retos y acuerdos político-comerciales, el cimbronazo se fue acomodando y calmando.

No lo suficiente como para que no se vea afectado el bolsillo de los trabajadores, que siempre terminan siendo los que más sufren frente a una devaluación. El daño quedó expuesto y ahora se debe trabajar en la restauración. Las paritarias 2014, que se presentan con dificultades extras en relación a las acordadas en años anteriores, es la herramienta de los trabajadores para intentar recomponer el poder adquisitivo. Y, aunque todavía no hay un número de referencia, que es lo que el Gobierno ha buscado imponer en cada una de las negociaciones pasadas, los discursos oficialistas apuntan a la mesura.

En los despachos de Casa de Gobierno, hay funcionarios de peso que, frente a esta problemática, apuestan a los acuerdos libres de cada una de las ramas de la producción. Las centrales obreras ven con buenos ojos esta variable. De esta forma –aseguran- “los que están mejor podrán negociar más alto”. De todas maneras, por estas horas la incertidumbre es grande para los trabajadores que, sin señales claras, comenzarán a sentarse en las mesas de negociaciones con más preocupaciones que certezas. “Si creen que la solución es pedir unos puntos más de aumento no entienden y están entrando en una situación donde los que van a perder son los trabajadores”, dijo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en Cadena Nacional, durante el discurso que pareció marcar de lleno su regreso.

Poco antes, a propósito de la estampida del dólar y los aumentos desmedidos de precios por parte de los empresarios, había señalado muy enfáticamente: “No vamos a permitir que sigan saqueando el bolsillo de los argentinos”. Lo hizo al anunciar un aumento del 11,31 por ciento en las jubilaciones, que llevará el haber mínimo a 2.757 pesos y una suba de casi el 200 por ciento de la Asignación por Ayuda Escolar.

Ese día, el Salón de las Mujeres del Bicentenario de la Casa de Gobierno, estaba colmado de funcionarios, sindicalistas afines, personalidades de la cultura, referentes de los organismos de Derechos Humanos. Derechos que, por otra parte, la presidenta se encargó de mostrar vulnerados en los campos del ex gobernador de Misiones y ex presidente interino, el radical opositor Ramón Puerta. El líder de la CGT opositora Hugo Moyano y su aliado Gerónimo “Momo” Venegas, secretario general de UATRE, el gremio que nuclea a los peones rurales, cayeron sin ser nombrados en la volteada. El documento fotográfico que evidenciaba condiciones de trabajo infrahumanas en los campos del ex gobernador de Misiones no daba lugar a réplicas. Y las ensayadas posteriormente por el propio Puerta no resisten el análisis. “Los trabajares prefieren estar en negro para no perder los planes trabajar…”.

La presidenta –como se dice en política- marcó la cancha para entablar las discusiones venideras. “Nosotros creemos en el desarrollo de la economía a partir del consumo y la inversión”, afirmó y luego arremetió, en contrapartida, con “los que dicen que si la gente adquiere poder adquisitivo eso, invariablemente, genera inflación”.

 

Por último, una definición: la del rol que debe asumir el Estado y un exhorto a los empresarios. “Hoy la gran discusión no es populismo sí o populismo no, sino qué rol va a tener el Estado en la sociedad”, dijo respecto a lo primero. Mientras que, a los empresarios, les pidió lisa y llanamente que “dejen de fugar divisas y reinviertan en el país para apostar a la construcción de una burguesía con conciencia nacional”.

Luego, frente a los jóvenes militantes que la esperaban en el patio Malvinas Argentinas de la Casa de Gobierno, la presidenta exclamó, ya sin ningún tipo de eufemismos: “Intentan derrumbarme, conmigo se equivocan. Así como Néstor, en 2003, prometió no dejar sus convicciones en la puerta de la casa de gobierno, yo les digo ahora que tampoco pienso dejar nada en un sillón presidencial”.

Este es el contexto político social del que da cuenta el ensayista y director de la Biblioteca Nacional, y referente crítico del espacio Carta Abierta, Horacio González, quien en una columna dominical en el diario Página 12 (2/2/14) –muy recomendable por cierto- expresó un llamado urgente para atender cuestiones centrales de la historia y la vida política de todos los argentinos: “Es hora pues de ir pensando sobre la base de una corriente intelectual y moral que sin superponerse con organizaciones o grupos ya existentes, plantee el dilema que se le abre al país, de caer nuevamente en la hondonada que suelen cavar las antiguas elites dirigentes con argumentos de apariencia edificante, civilmente relucientes y hasta munidos de excelentes citas literarias, pero conducentes otra vez al abismo de una nación sin destino creativo, sumergida en la insalubre globalización, elogiada desde los paraísos fiscales y los editoriales del New York Times”. Las palabras del ensayista calaron hondo entre los intelectuales que acuerdan con la necesidad de generar esa corriente “intelectual y moral” que recupere la autonomía de la palabra crítica pero al mismo tiempo esperanzada.

 

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