24/02/2014 Columnista invitado

Entre las reglas de la Unión Europea y la subordinación a Rusia

Por Tomás Várnagy*. El filósofo y profesor de la UBA analiza la crisis política que atraviesa Ucrania, tras la destitución de su presidente, Víctor Yanukovich, el llamado a elecciones para el próximo 25 de mayo y la posible integración a la UE.

Después de tres meses de protestas y más de 80 muertos en las manifestaciones de la semana pasada, el presidente ucraniano, Víctor Yanukovich, luego de durísimas negociaciones con los principales líderes de la oposición, capituló a las exigencias y firmó un acuerdo de paz. En respuesta a esta medida, los manifestantes ocuparon las oficinas del mandatario, quien denunció un golpe de Estado luego de ser destituido por el Parlamento, hecho que motivó el llamado a elecciones adelantadas para el próximo 25 de mayo. Finalmente, Yanukovich huyó con rumbo desconocido. Tras ser liberada de prisión, la opositora Julia Timoshenko, declaró ante los medios: “Si alguien les dice que esto terminó, que pueden regresar a sus casas, no crean una palabra”.

La Plaza de Mayo de Kiev

A la capital de Ucrania la conocemos por su nombre ruso, Kiev, aunque en ucraniano se escriba Kyiv. Con una población de 2.800.000 habitantes, apenas menor que nuestra ciudad de Buenos Aires. La plaza (maidan en ucraniano) de la Independencia en el centro de Kiev es, al igual que nuestra Plaza de Mayo, el escenario de las grandes manifestaciones masivas tales como el colapso de la Unión Soviética en 1991, la “Ucrania sin Kuchma” una década más tarde, o la Revolución Naranja en el 2004, cuando los manifestantes se instalaron por semanas allí manifestándose en contra de las elecciones presidenciales por el fraude electoral en el que venció Yanukovich en detrimento de Yushchenko (del partido “Naranja”).

El derribo de una estatua de Lenin, en diciembre del año pasado, se convirtió en el símbolo de la revuelta ucraniana. A unas diez cuadras del epicentro de la euromanifestación, un grupo de personas derribó el monumento y lo destruyó a mazazos. No era una muestra de odio contra el pasado, sino el rechazo de lo que para los autores representa Rusia. “Yanukovich será el siguiente”, decían (La Vanguardia, 9/12/13). El sentimiento antirruso está muy presente y Yanukovich (electo en febrero 2012), fue acusado de "vender" a Ucrania a Rusia tras su rechazo a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea (UE). El malestar creció luego de una reunión de Yanukovich con Valdimir Putin, el presidente ruso, para cerrar un convenio de "asociación estratégica" entre ambos países, cuyo objetivo sería una unión aduanera liderada por Moscú.

Las protestas, que comenzaron hace tres meses con manifestaciones masivas para lograr una mayor integración con la Unión Europea, se ampliaron para pedir la renuncia de todo el gobierno del presidente Yanukovich, y después de la dispersión violenta de manifestantes el 30 de noviembre del año pasado hubo “una voluntad de cambio total de la vida en Ucrania” (Euronews, 13/12/13). El 25 de enero de 2014 la protesta también fue en contra de la cada vez mayor percepción de corrupción gubernamental, abuso del poder y violación de los derechos humanos. Se comenzó a solicitar la renuncia de todos los que detentan el poder en Ucrania: “¡Dimisión! ¡Dimisión!”, de manera muy similar al “¡Que se vayan todos!” de diciembre 2001 en Argentina. Se acusa de “tirano” y “dictador” al presidente legítimamente elegido, Viktor Yanukovich, y el objetivo de algunos grupos es su “expulsión inmediata”.

Lo que hace pocos días pareciera ser el comienzo de la primera guerra civil en Europa en el siglo XXI, con decenas de muertos, se aplacó en Ucrania con un frágil pacto para formar un gobierno de coalición, elecciones adelantadas y un retorno a la Constitución del 2004 para disminuir las facultades del Presidente Víctor Yanukovich, que no parece tener ningún deseo de renunciar y anunció oficialmente: “Como presidente de Ucrania y garante de la Constitución, hoy estoy completando mi obligación ante el pueblo, ante Ucrania y ante Dios ,en nombre de salvar la Nación, en nombre de preservar vidas de la gente, en nombre de la paz y la calma en nuestra tierra”. Los manifestantes siguen instalados en la plaza y no se sabe si aceptarán o no la propuesta gubernamental.

De acuerdo a Lecia Bushak, EuroMaidan ya es mucho más que una respuesta de manifestante enojados porque no se firma el acuerdo con la Unión Europea; se trata más bien de echar a Yanukovich y su gobierno corrupto y tratando de romper con una historia profundamente entrelazada de más de dos siglos de una dolorosa relación con Rusia; y, además, levantarse por derechos humanos básicos, tales como protestar y expresarse libremente sin temor al castigo (Newsweek, 18/02/2014).

Rusia versus Unión Europea

El 21 de noviembre de 2013 comenzó el EuroMaidan (literalmente “EuroPlaza”, término que inicialmente se había creado en una cuenta de Twitter el primer día de las protestas y que pronto se hizo popular en los medios de prensa internacionales) o Manifestaciones Europeístas, luego de que el gobierno de Ucrania suspendiera la firma del Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea.

Por un lado, la versión inglesa del periódico ruso Pravda (29/11/13), opinó que se tomó “una sabia decisión en no caer en las redes de la Unión Europea, no sucumbir a los cantos de sirenas, no creer en las falsas promesas de prosperidad, no seguir las equivocaciones de algunos ilusos jóvenes ucranianos que ven en la UE una especie de nirvana. Víctor Yanukovich acaba de salvar a Ucrania de un terrible destino”. Al no firmar el acuerdo protegió a los ucranianos, sus trabajos, sus granjeros, su industria, su agricultura, su sistema educativo y su futuro. En el imaginario de los manifestantes la Unión Europea se asocia al estado de bienestar, la ausencia de corrupción, una moneda y gobierno estables y la facilidad para emigrar a un país comunitario y encontrar trabajo.

Por otro lado, de acuerdo al diario ucraniano Unian (4/12/2013) casi el “60 por ciento de los ucranianos apoyan la integración europea” y solamente el 14 por ciento “apoyan la Unión Aduanera con Rusia”. El 8 de diciembre se realizó una manifestación pro-europea que juntó a casi un millón de personas, mientras que la manifestación contraria apenas reunió a unas 15.000. Lo que ha sorprendido a muchos analistas es la fuerte vehemencia con la que los manifestantes reclaman la entrada de Ucrania en la Unión Europea.

Resulta evidente que los graves problemas económicos y sociales que vive la población, favorecen esta idealización ingenua, pero el ejemplo de Bulgaria y Rumania, donde la entrada en la Unión Europea no ha significado grandes mejoras –e incluso algunos retrocesos, como la desindustrialización de muchas regiones y la desaparición de muchas empresas locales, incapaces de hacer frente a la competencia con el capital alemán y austríaco– tendría que vacunar a los analistas contra todo lo pro unión con Europa.

Sólo desventajas

Ucrania, comparada con la UE, es un país débil y pobre, y el acuerdo implica un Área de Libre Comercio Profundo y Completo (DCFTA por sus siglas en inglés) que entraña la eliminación de aranceles y barreras comerciales, o sea se trata de mecanismos neoliberales bosquejados para optimizar el dominio mundial del capital radicado en Europa occidental. Implica movilidad de mercancías, servicios e inversiones; pero no necesariamente de personas, ya que no se suspendería la obligación del visado de los ucranianos hacia las zonas del Acuerdo Schengen.

Si Ucrania firma el Acuerdo con la UE, fracasaría el proyecto ruso de crear una Unión Euroasiática con Kazajistán y Bielorrusia. La UE desea impedir esta unión para extender su área de influencia hacia el oriente, integrando a estos países en su periferia como proveedores de materia prima y mano de obra barata.

Si Rusia bloquea la importación de productos ucranianos y utiliza el suministro de gas y petróleo como armas de negociación, dañaría muy gravemente la economía de Ucrania y ante la amenaza de una guerra comercial con Rusia, la UE fue incapaz de ofrecer alguna garantía al gobierno ucraniano y, además, le exigió el aumento de un 40% de las tarifas de gas y calefacción, la eliminación de subsidios y barreras comerciales y una congelación salarial con el objetivo de favorecer las exportaciones hacia la UE. Por último, la UE también desechó la perspectiva de un diálogo tripartito entre Ucrania, Rusia y la Unión Europea.

El problema con Rusia es que no es capaz de atraer a las ex repúblicas soviéticas por su tradición dictatorial y autocrática, su economía de capitalismo precario y Estado-oligárquico y la corrupción instalada en todos los niveles. Pese a la afinidad cultural e histórica entre rusos y ucranianos, la minoría rusófoba no encuentra nada atractivo en Rusia y perciben que una integración con ella no sería más que el fortalecimiento de un sistema que rechazan. El problema con la UE es que el acuerdo propuesto es un completo abuso y desastre para Ucrania, país bisagra entre Rusia y la Unión Europea, que se encuentra en el medio de un tira y afloja de intereses geopolíticos.

*Filósofo y profesor de la carrera de Ciencia Política de la UBA

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